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01.04. EL VIEJO OLIVO

 




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desde el 1 de mayo 2007
MEMORIAS DESORDENADAS - Historia de la Huerta Palacio

3. BAJANDO LA CUESTA

Bajando "La Cuesta" nos encontramos herrerías, transportistas, tiendas de comestibles y silleteros.

                                       © Enrique Alcalá Ortiz



  

   D

espués de pasar la bocacalle de Ribera de Molinos, se encontraba la herrería de Sandalio, forjador de hierro a la antigua usanza. Esta artesanía es un orgullo en muchas calles y plazas de nuestra ciudad, y ésta, en un acto de agradecimiento popular, supo regalarle su nombre a una calle: los Herreros, ahora Antonio de la Barrera. El rítmico tintineo de martillo dando sobre el hierro al rojo cereza era la música, no el ruido, que se mezclaba normalmente con el sonido del agua de la fuente en esta parte alta del barrio. Igual que ahora pasa en la Plaza Palenque, nueva calle de los Herreros por el número de las herrerías existentes, en la que vemos desparramados en la puerta de los talleres buena variedad de armatostes mecánicos esperando la cirugía de la fragua, pasaba antes con Sandalio, que ocupaba su fachada con hierros, ventanas, arados de reja y una gama de policromos y ferrosos artefactos. Varias veces entré y le di al fuelle de la fragua, que suministraba aire oxigenado al carbón de piedra que ardía con intensa llama en un chisporroteo de rojas lágrimas ascendentes.

            En su puerta, acababa o empezaba la acera de la parte derecha de la calle San Luis, y como se ensanchaba y no tenía losas como ahora, sino que estaba lisa con una capa de cemento, era un lugar apropiado y gratuito para hacer de tobogán y parque infantil. En efecto, puesto un chaval en cuclillas, era cogido de las manos por otro, y corriendo marcha atrás tiraba de él, hasta llegar abajo de la cuesta, para subir de nuevo y volver a empezar, pero con los papeles cambiados, para que hubiese justicia compensatoria. Cuando uno estaba solo, cogía velocidad desde la puerta de el Basto, y te escurrías como si fueras patinando, haciendo filigranas con las manos. Tanto se usaba para jugar este trozo, que el cemento del suelo se tornaba brillante verdoso y resbaladizo de hielo, habiendo sido causa de accidente a los transeúntes que no estaban para juegos, sino para faenas de mayores. Las quejas de peligro prosperaron, y por esta razón, de la noche a la mañana una mano de empleado municipal, con martillo y cincel, picoteó la acera (que parecía picadita de viruelas) con lo que nosotros nos quedamos sin pista de deslizamiento y juguete gratuito. Cada agujero de la acera semejaba al verlo una lanzada seca en nuestra ilusión de chiquillos. 

            Lindando con la herrería, se encontraba la tienda y también la cuadra pública del señor Ávila. Desde la llamada Plaza de Escribanos, hasta aquí, había tres posás. Una casi al iniciarse la calle, otra lindando con las Carnicerías, tirando para el Castillo, y esta otra en mitad de La Cuesta. Todas ellas tenían un gran pasillo central de acceso, que se abría a un patio con cuadras donde se aparcaban las caballerías mientras los amos hacían sus gestiones en el pueblo. En Priego, al haber tanta población diseminada que necesariamente tenía que acudir al pueblo a pagar sus impuestos, a hacer sus comprar, ver al médico, venir de fiesta, guardar sus ahorros o visitar a la familia, propiciaba la creación de estos "parking" vivientes. Y como pasa ahora en los días grandes, era difícil encontrar plaza de resguardo y sombra para evitar a los posibles abrecoches. La tienda del señor Ávila era de ultramarinos, y el alto mostrador lo tenía, entrando a la izquierda, en el que había toda clase de cachivaches y una balanza de platillo. Muchas veces, iba de mandaos o a comprar caramelos de malvavisco que hacían las delicias de la familia. De todos los recaos en mi recuerdo, sobresalen la compra de garbanzos, habichuelas y sobre todo pastillas de sacarina con las que endulzábamos el café de cebada que se tomaba por entonces. El negocio estaba regentado por el matrimonio que trabajaba al unísono, llevando la tienda y la posá. Tenían sólo un hijo, Joaquín Ávila, amigo mío de correrías y juegos que poseía la desgracia congénita de haber nacido con el labio superior leporino. Muchos amigos cuando nos disgustábamos con él por cualquier nimio motivo, le atacábamos de una forma cruel y le insultábamos diciéndole "labio de conejo". Seguro que de mayor este complejo le amargó la existencia. A pesar de que se lo cosieron, le quedó una cicatriz que le salía de uno de los orificios de las fosas nasales. Murió joven. No sé el motivo de su fallecimiento, las últimas noticias que me llegaron de él me informaban que estaba muy enfermo.     

            Debajo de esta casa, se estableció más tarde un industrial artesano silletero. Era una familia procedente de Cabra, según tengo entendido. Hasta entonces, una mujer vestida con un deslustrado traje negro, con delantal tan negro como el vestido y con un pañuelo a la cabeza tan negro como el delantal, hacía la ronda por el barrio, recogiendo las sillas que tenían el culo roto, y días más tarde ella misma las traía con el parche echado, o con el asiento nuevo, según fuera la gravedad. La mayoría de las casas tenían esta clase de sillas de madera, fabricadas de una forma artesanal con el asiento tejido con hojas de anea. Éstas, con el uso, se deterioraban y había que reponerlas. Cobijo de suciedad, y porque duraban toda la vida, aquellas sillas solían ser criadero y cobijo de colonias de chinches, y no era extraño ver a la persona que estaba sentada, pegar bruscamente un salto, contraer la cara y llevarse la mano a una posadera para restregar "la caricia" de diminuto animalejo. Desde luego no había proporción entre causa y efecto.  ¿Cómo este pequeño insecto podía producir un movimiento tan violento? Por eso, cuando llegabas a una casa, no era raro que la dueña te dijera orgullosa: "Siéntate en esa silla, que no tiene chinches".

            El silletero tenía su taller en la entrada de su casa, y no sólo "echaba culos", sino que arreglaba la parte de madera, el esqueleto de la silla, aunque sus ganancias mayores las obtenía con la fabricación de ellas. Pero no en serie como se hace hoy día. Palo a palo lo veías tallando con la hachuela hasta que éste tomaba la curva, medida y forma deseaba. Después, sentado, iba tejiendo las hojas de anea como si se tratara de un malabarista. El asiento, mientras se iba construyendo, parecía un sol cuadrado del que salían rayos puntiagudos. Después de terminado, se veía dividido en cuatro partes de tirabuzones cilíndricos y paralelos que convergían a un pequeño segmento situado en el centro. Tenía un empleado joven. A los dos se les veía trabajar afanosamente, pues dejaban la puerta abierta, y ahora caigo que de esta forma, aparte de trabajar, hacían propaganda gratuita. Uno de sus hijos hizo magisterio, y el otro está empleado como administrativo en el Instituto Álvarez Cubero. Estas sillas tan generalizadas antes, son hoy muy difíciles de ver. Si alguien las tiene o están en un bar es para poner una nota de tipismo en la decoración. El plástico, los acrílicos, todos los tejidos modernos y la fabricación en serie de sillas de estilo y modernas, las han hecho pasar a mejor vida. Aunque sospecho que otra vez se pondrán de moda. Si no al tiempo. Incluso puede ser que veamos escuelas taller que recuperen el oficio y más tarde los mismos japoneses, que no usan sillas en sus casas, las vuelvan a poner de moda hasta en las "jaimas" del desierto y construyan un gigantesco complejo por la Almorzara. Si no al tiempo.





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