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PRIEGUENSES EN LA HISTORIA - Francisco Alcalá Ortiz: Impresiones de un prieguense en los Estados Unidos

01. LARGA INTRODUCCIÓN INEVITABLE

Ideas generales de América y los americanos.

© Francisco Alcalá Ortiz

            La última vez que estuve en Priego, en el verano de 1985, mi hermano Enrique, escritor infatigable, y Miguel Forcada, director de Adarve, me sugirieron que enviara algo sobre este país para el periódico. En vista de la labor que ellos están haciendo, es difícil decir que no. Al fin y al cabo, yo también nací ahí.

            Como una vez escribió en Adarve el mismo Forcada, nos guste o no, éste es el siglo de los americanos, como otros fueron los nuestros. Yo no estoy seguro de si "lo americano" presagia el futuro de la humanidad entera. No me refiero tanto a la técnica, la economía y la política que cada vez se internacionalizan más, sino a su modo de ser, pensar, sentir y vivir como personas, que es muy diferente, no sólo del nuestro, sino del de los franceses, alemanes y de los mismo ingleses.

            De lo que no cabe duda es que en América parece hallarse de momento la copa del árbol humano donde se observa más fermentación creadora. Yo confieso que a mí mismo, incluso en mis años juveniles, católicos e imperiales, me hacía más ilusión visitar Nueva York que Roma, entre otra cosa porque Roma se decía que era eterna, mientras Nueva York daba la impresión de un volcán estallando de vitalidad loca por todo su costado y que podía apagarse de modo tan repentino como se incendió. Después de trabajar allí varios años, esa primera impresión no es desmentida. El suelo que uno pisa parece temblar de ebullición.

            Antes de dar mis impresiones sobre los Estados Unidos, quisiera dar las que me ha causado España la dos o tres veces que muy brevemente la he visitado desde aquí.

            El cambio material e institucional casi asombra por lo rápido y radical. En quince años se ha hecho lo que llevó más de medio siglo en otros países: pasar de una sociedad agrícola, autoritaria, católica y clasista a otra democrática y desarrollada.

            Impresiona ver las ciudades limpias y remozadas, los pisos flamantes, amueblados y electrodomesticados a la última, la gente bien vestida y hartas de comer. Para lo que crecimos en lo años de las papuecas, de los pantalones de patén, y de una bombilla única moribunda, agarrada a un escueto cordón de la luz, el cambio parece milagrento, como dicen los mejicano.

            También llama la atención enseguida el esfuerzo sobrehumano que los españoles han hecho y están haciendo por actuar con sensatez durante estos años de transición. Teniendo en cuenta los problemas económicos por los que pasa España desde mediados de lo años 70, los mismos de todo el mundo, esta moderación pública, tanto de gobernantes como de gobernados, tiene que ser alabada sin reservas.

            Todas estas transformaciones han acabado de un golpe con muchos estereotipos del español, en vigor hasta hace muy poco tiempo. Que en paz descansen.

            Y ¿qué me dice usted de Priego? Pues lo primero que hay que decir es que hablando con un prieguense ya se sabe que esta pregunta va a venir tarde o temprano. Y hay que reconocer que en gran medida el orgullo de los prieguenses está más que justificado.

            Yo salí de Priego muy joven, y no me he identificado con él, en parte porque no he contribuido en nada a su patrimonio colectivo, y en parte, porque he procurado no vivir como un extraño en los lugares donde me encontré, tratando de entender desde dentro sus creencias y su costumbres, ya que todas tienen su sentido y no son tan disparatadas como parecen desde lejos.

            Gracias a esta lejanía física y sicológica, puedo reaccionar a Priego con más objetividad. Y así digo, en pleno dominio de mis facultades, que, visto desde fuera, Priego es una ciudad, no ya bonita, sino excepcionalmente bella. Todos los americanos que lo han visto dicen lo mismo.

            Aparte de su raro atractivo físico, algo que también salta a la vista muy pronto es el empeño desmesurado de una minoría por mantener y elevar el nivel cívico, educacional y cultural del pueblo, y el gran número de profesores que se encuentran entre esta minoría.

            Digo desmesurado con relación a los recursos disponibles y al apoyo efectivo de lo ciudadanos. Por eso hacen figuras un tanto quijotescas, en el mejor sentido de la palabra, es decir, con aspiraciones que desbordan la realidad. Soñadores como éstos son los que siempre y en todas partes han propulsado la historia. Para suerte suya, Priego cuenta con bastantes de ellos, más de los que le corresponden estadísticamente, y, a la larga, esta fortuna le resultará de más valor que la Fuente del Rey, el Adarve o la Tiñosa. Dicho sea sin intención de ofender.

            Viniendo de América, es natural que choque el antiamericanismo que en España se rezuma por todas partes. Los estereotipos que cada nación se crea de las demás naciones, como cada persona de las demás personas, son un fenómeno universal. Y tanto o más que a mala voluntad quizá se deba a las limitaciones del intelecto humano. Siendo imposible comprender a fondo a todos los demás, mientras que entretanto no hay más remedio que continuar viviendo, a falta de algo mejor, se acude a estas ideas sumarias e interesadas. En los veinte años que llevo en América jamás he oído o leído nada bueno sobre Rusia. Aunque yo prefiero América a Rusia, sólo hay que pararse a pensar unos segundos para darse cuenta de que esta imagen proyectada por lo medios de comunicación no puede ser más que una caricatura.

            Lo que particularmente sorprende del antiamericanismo europeo es que mientras se critica lo americano con dureza, se le imita con avidez e indiscriminación. Incluso en la misma Francia, espejo de chauvinistas. Yo comprendo las denuncias de colonialismo en el orden económico y político, pero no en lo referente a la cultura popular, las costumbres y, muy particularmente, la lengua.

            Varias veces me he suscrito a revistas nacionales españolas, entre otras cosas, para no perder el contacto con el español vivo, y otras tantas me he dado de baja porque, más que en español, parece que escriben en inglés. Si en vez de los Estados Unidos, yo hubiera pasado los veinte últimos años en China, no sé si podría comprender ahora el lenguaje público de España. Ningún americano está forzando a los periodistas españoles a que repudien el carácter de su lengua. Leyendo una editorial de Cambio 16 (Nº. 737) en que se declamaba contra la "colonización cultural", no podía menos de preguntarme qué hacía el presidente del seminario para recastellanizar a muchos de sus colaboradores.

            Muchos amantes sinceros de España, aquí hay muchos, deploran la desaparición de un "algo" que antes le daba un color y un sabor muy especiales, sin referirse necesariamente al borrico cargado de leña ni a la mujer con el cántaro a la cintura. Los españoles ya se han probado a sí mismos y a los demás que no son tan imposibles como se temía. Hecho esto, que no es de escaso mérito, muchos desearían que, sin descuidar el progreso y la mejora en todos los frentes, dejaran de preocuparse indebidamente de lo que otros piensan y dicen, e hicieran sitio y tiempo para que aflore la versión de lo humano que les es suya e inconfundible.

            Si mis impresiones de América facilitan esta tarea, me daría por satisfecho.

            (Adarve, número 253, 15 de noviembre de 1986, página 13).





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