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12.054. EL CASTELLAR DE PRIEGO EN LA PRENSA CORDOBESA

 




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PRIEGUENSES EN LA HISTORIA - Francisco Alcalá Ortiz: Impresiones de un prieguense en los Estados Unidos

02. EL SUEÑO AMERICANO

Los valores de un tópico universal.



© Francisco Alcalá Ortiz

 

            Esta expresión (the American dream) se repite mucho en América. Se puede decir que el sueño es lo más americano de América. El verano de 1986 la frase se repitió más de lo acostumbrado por celebrarse el centenario de la Estatua de la Libertad, ya que la estatua se convirtió en símbolo de ese sueño. En la portada de un semanario prestigioso aparecía su cabeza majestuosa, y por encima de ella se leía esta frase: "Sólo en América".

            Proclamas de esta índole se escuchan aquí sin reservas y casi con reverencia patriótica. Y, como otra media docena de axiomas de la sabiduría popular, el sueño se da por supuesto, y nadie lo pone en duda pública y seriamente. Como decía Fichte, no es una idea que se tiene, sino en la que se está.

            La frase fue acuñada cuando América no era más que un puñado de colonias, donde vivían dos millones de habitantes en granjas dispersas y desoladas, en su mayoría cultivadas por sus propios dueños. Por aquel entonces el sueño consistía en un cierto grado de independencia y holgura económica, acompañado de representatividad política y libertad de asociación y expresión. Este ideal se hallaba supuestamente al alcance de todos, y esta áurea mediocridad era, por otro lado, lo único a que en América se podía aspirar. Esta creencia era en parte realidad y en parte exageración, o sea, una realidad exagerada.

            Ya antes de la industrialización la riqueza y el poder político se fue acumulando en manos de terratenientes, comerciantes y especuladores, los cuales, asistidos por los abogados, se constituyeron en la oligarquía efectiva del país. Para mediados del XIX, en las ciudades nacientes, el uno por ciento solía poseer la mitad de la riqueza de la ciudad, mientras la gran mayoría vivían totalmente desposeídos. Estas constataciones no hay que ir a buscarlas al Manifiesto Comunista, ya que están inequívocamente expuestas en la Enciclopedia

Británica, que, con la Biblia, es una obra que no debe faltar en ningún hogar americano.

            La industrialización trajo consigo una profunda reestructuración de clases. La nueva oligarquía estaría formada de empresarios, financieros y ejecutivos, y, por supuesto, los abogados. Ante este formidable enemigo sin frente, la masa de proletarios estuvo compuesta, de 1830 a 1930, por una multitud informe de obreros no cualificados, en un 80% emigrantes de la primera generación. Su suerte estaba a merced de la ley de la oferta y la demanda, pero no la espontánea, sino la manipulada por las oligarquías económicas. Al final del XIX, ya existía el Nueva York de los ricos y el de los pobres. Y al final del XX, la ciudad de Washington está tan claramente dividida en dos, que podría pintarse con cal la línea divisoria.

            Lo curioso es que cada nueva ola de emigrantes ha revivido el sueño, y éste ha arraigado de tal manera en la conciencia colectiva, que pudo salir ileso, e incluso fortalecido, con los cambios cataclísmicos traídos por la industrialización y tecnificación del país.

            Ahora bien, ¿en qué consiste hoy día el sueño americano, ya que ahora no hay granjeros sino corporaciones gigantescas, el gobierno interviene en la economía casi siempre a favor de los influyentes, y los medios de comunicación están en manos de grandes conglomerados?

            Al igual que otras muchas expresiones de la lengua ordinaria, el sueño americano nunca ha sido definido por nadie. Y precisamente por esta egregia vaguedad, ha sobrevivido tanto tiempo. Como eslogan, "el sueño americano" ha conservado toda su vitalidad. Pero su mensaje, nunca preciso, ha tenido que reajustarse a las nuevas realidades.

            Hoy día, más que de un sueño, habría que hablar de dos. O, al menos, de uno a dos escalas diferentes. El sueño grande (to make it big) es hacerse rico con su negocio, su profesión o sus influencias. El sueño chico (to just make it) es conseguir lo que se considera hoy día estándar para la clase media-media, o, si se puede, media-alta.

            Ni el sueño grande ni el chico son ideas nuevas o exclusivas de los americanos. Ni siquiera puede decirse que ellos los persigan con más ansia y obsesión que otros. La única y gran diferencia consiste en que aquí estas aspiraciones ocupan el primer plano consciente de la vida pública y la privada, y son adoptadas por la mayoría sin sentirse culpables en su interior ni tener que justificarlo delante de los demás.

            Yo leía recientemente en Cambio 16 (N° 757) que entre los graduados del Instituto de Empresa de Madrid sólo el 5% se atrevía a confesar abiertamente que su intención al abrazar esta profesión era hacer dinero . Y que hace sólo unos años mucho menos lo hubieran confesado. La mayoría decía que se dedicaban a los negocios para crear trabajo, mejorar la economía nacional u otras musarañas por el estilo. Unas semanas más tarde Ruiz-Mateos afirmaba en la misma revista (N° 767) que él había montado la empresa Hispano Alemana de Construcciones "por hacer patria y labor social". Verdad o mentira, tales declaraciones sonarían aquí a música celestial.

            En América casi la mitad de los jóvenes van a la universidad y dos terceras partes de ellos estudian administración de empresa, contabilidad, relaciones públicas, mercadotecnia, o materias afines. Y si no confiesan abiertamente que su intención es ganar lo más que puedan, para ellos primero, y para las compañías donde trabajen después, es porque sería superfluo y redundante.

¿Por qué otra razón iban a trabajar?

            Cuando Tocqueville (1805-1859) visitó América en 1831 ya notó con sorpresa que los americanos admitían sin rodeos que su móvil principal era el interés propio bien entendido. En realidad, lo de "bien entendido" estaba de sobra. Para ellos la búsqueda del interés personal, expresado por lo general en dinero y en distinción social, era al mismo tiempo la mejor norma de moralidad y de civismo. Es decir, esforzándose por mejorar y prosperar personalmente es como mejor se contribuía al bien común y mejor se cumplía con la voluntad de

Dios. Esto es lo americano. Y esto fue lo que enseñaron Bacon, Hobbes y Locke.

            Decir que una idea es prevalente en una sociedad, no quiere decir que sea la dominante en cada individuo, ni mucho menos la única. Sólo significa que es una idea fuerza, que flota en la atmósfera y que se respira por todas partes, siendo difícil sustraerse a ella. Es lo que pasó en tiempos remotos con la caballerosidad y la santidad, y en tiempos más próximos con el fascismo, el comunismo y el franquismo. Ciertamente nadie es forzado a doblegarse a su influencia, pero el que no lo hace necesita mucha entereza e independencia para vivir fuera de la corriente (the mainstream).

            (Adarve, número 255, 15 de diciembre de 1986, página 15).





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