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07.05. CHAQUETA DE TRES BOTONES. (Diario 2003)

 




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desde el 1 de mayo 2007
PRIEGUENSES EN LA HISTORIA - Francisco Alcalá Ortiz: Impresiones de un prieguense en los Estados Unidos

12. El paro español visto desde América (2)

Algunas razones sobre el empleo americano.



© Francisco Alcalá Ortiz

 

            Antes he dicho que la continua expansión económica americana en el sector servicios, el único que como fuente de empleo puede expandirse en un país industrializado, se debe a una vigorosa y variada demanda por estos servicios, y que esa demanda, a su vez, es un resultado del estilo de vida americano. Este mecanismo no elimina los ya conocidos ciclos económicos, aunque tal vez los mitigue un poco, ya que ellos dependen mucho de las inversiones periódicas en maquinaria.

            Empezando por las profesiones, los primeros que se me vienen a la mente son los abogados. No podría ser de otro modo. En América hay 351 abogados por 100.000 habitantes. O sea, que en una ciudad de 20.000 habitantes ejercerían alrededor de 70 abogados. Treinta veces más que en el Japón. Digo "ejercerían" porque no se trata de abogados parados trabajando  en una oficina, a falta de otra cosa mejor. Y, como pasa con toda profesión, cada abogado dispone de un pequeño equipo compuesto por la secretaria, la recepcionista y algún asistente. Los hispanos suelen decir, sonriendo con malicia, que los americanos necesitan cinco personas para cambiar una bombilla. Como todos los dichos graciosos, este es mitad verdad y mitad mentira. Y la mitad verdad tiene sus contras pero también sus pros. De todos modos, lo que aquí quiero recalcar es el ingente número de abogados que existe y también el ingente número de trabajos subalternos que, por su parte, ellos generan.

            Los abogados han proliferado en América desde un principio, y ello se debe en gran medida a la conciencia aguda que cada americano tiene de sus derechos. La amenaza más temida aquí no es sacar el revólver, como podría pensarse viendo las películas del oeste, sino el oír la frase nefasta, "voy a llamar a mi abogado".

            Si un invitado, al salir de su casa un poco achispado, se escurre en la escalera y se quiebra una pierna, lo puede demandar a Vd. para que le pague no sólo los gastos de hospital, sino el salario perdido si no puede trabajar, las incomodidades producidas en su vida privada, y el sufrimiento físico y sicológico que se siguió a todo ello. Aunque parezca imposible ponerle precio a muchas de estas cosas, los americanos no se arredran ante ello. Lo que no se puede medir, no existe; y, viceversa, todo lo que existe se puede medir. En muchos de estos pleitos se piden millones de dólares de indemnización, lo cual quiere decir que si el querellante gana el juicio, el querellado queda arruinado para toda su vida, y lo único que le queda es irse al otro lado de la frontera de Méjico, llamarse Ramírez en vez de Smith, y vivir del tráfico de drogas. No digamos nada si la víctima se queda lisiada o muere del accidente. Entonces hay que desaparecer de la faz de la tierra

            Este peligro no acecha sólo a los individuos, sino también a las instituciones, incluidos los ayuntamientos, los hospitales, las escuelas y las iglesias.

Un caso reciente, al que se le ha dado mucha publicidad, concierne precisamente a una iglesia. Al parecer, un chico sufría de depresión nerviosa, que hoy día puede neutralizarse con medicinas. Sin embargo, los consejeros religiosos pensaron que podían curarla con procedimientos más espirituales, con el triste resultado de que el chico amaneció un día muerto colgado de una soga en un armario empotrado de la casa. Inmediatamente después del entierro, lo primero que la familia hizo fue "llamar a su abogado" y demandar a la congregación religiosa por daños y perjuicios. En muchos casos ni siquiera hay que llamar a los abogados, ya que son ellos mismos, es decir, su secretaria, la que llama ofreciendo su "servicio".

            Para prevenir contra la probable eventualidad de un pleito, la solución es asegurarse contra toda eventualidad. Por eso, las sociedades de seguros también gozan aquí de un volumen y una influencia desmesurados. Y lo más interesante es que su mayor negocio no lo constituyen las pólizas sino los cambalaches que hacen con los millones que las pólizas les ponen en sus manos. Las sociedades de seguros se cuentan entre los clientes más poderosos de la bolsa, que, por ello, pueden influenciarla para provecho propio. Se suele decir mucho que el americano no ahorra, pero es que ahorra de este y otros modos parecidos, es decir, a través de intermediarios que se llevan lo beneficios, y algo más.

            Otra profesión, más nutrida aquí que en otros países, son los dentistas. Los dientes son importantes para comer y morder, pero también para sonreír, causar buena impresión, y, consiguientemente, actuar con seguridad en sí mismo. Además, también contribuyen a la salud general del individuo. En la guía de teléfonos de Worcester (170.000 habitantes), yo he contado 90 dentistas, es decir, que en la ciudad imaginaria de 20.000 tendría que haber 10. Aunque parezcan muchos cada vez que se intenta ver a uno, hay que esperar tres o cuatro semanas. Cada seis meses hay que ir a limpiarse los dientes, refiriéndome a una limpieza profesional a fondo, con muchos instrumentos y productos, y, como en esta visita casi siempre encuentran algo porque aquí se consume mucho azúcar en alimentos y procesados, lo más probable es que haya que volver una o dos semanas después para otro tratamiento. Como pasaba con el abogado, cada dentista emplea, como mínimo, a una recepcionista y a una higienista. A veces, necesita también una enfermera y una asistente.

            Entre otras profesiones parecidas, se podrían citar los veterinarios, los bibliotecarios, consultores y agentes de todas clases, como los inmobiliarios, los de bolsa y los de viajes. Y no hay que olvidar a los militares. El americano paga $1.000 en defensa, frente a los $100 del español. El servicio militar en América es libre, y todos los soldados cobran un sueldo. Además, el ejército paga una carrera a todo el que quiera, con la única condición de que el favorecido sirva dos años como oficial. Paso por alto a los sicoterapeutas, ya que a ellos me refiero en otro artículo. Baste mencionar aquí que acabo de recibir un folleto publicitario donde se anuncian 40 revistas diferentes para sicoterapeutas profesionales, desde los que se especializan en gerontología, o ciencia de la vejez, a los que lo hacen en "grief" (dolor o duelo que se siente cuando una persona querida muere).

            El mismo fenómeno, es decir, los cinco de la bombilla, observado en las profesiones se repite en toda clase de instituciones y burocracias. El trabajo es dividido y subdividido hasta el infinito. Lo que cada uno hace ni es agotador ni se hace con prisa excesiva, pero se hace y se hace a tiempo, y ello confiere a la institución una gran eficacia y continuidad.

            Como aquí no puedo referirme a todas, voy a fijarme en la institución de la enseñanza universitaria que es la que mejor conozco. En la universidad donde yo enseño hay oficialmente 3.000 estudiantes, que son los que toman sus cursos de 8:30 de la mañana a 4:30 de la tarde, en los días laborables del año escolar. Pero, además de ellos, por la noche, de 4:30 a 10:00, se repiten los mismos cursos, a los que asisten otros 3.000. Los cursos de verano, que duran de mediados de mayo a final de agosto, vuelven a repetir todo el programa por tercera vez en un año, y a ellos asisten unos 6.000 estudiantes. Las clases de verano también se dan de 8:30 de la mañana a 10:00 de la noche. En otras palabras, la universidad está funcionando once horas y media diarias, cada día laborable del año, requiriendo varios turnos. El número de estudiantes es, por lo general, cuatro veces más del que aparece en los anuarios estadísticos. Otras universidades también ofrecen cursos intensivos durante los fines de semana de nuevo, necesitando personal suplementario.

            Esto no se podría hacer sin una gran demanda por esos cursos, y de una demanda heterogénea, muy distinta de la tradicional. Y eso es precisamente lo que ocurre. La mitad de los jóvenes entre los 18 y los 22 años van a la universidad. Pero, y esto es lo importante, el 40 % del estudiantado total son personas que no pertenecen a ese grupo de edad. Es decir, son adultos que ya tienen un empleo y están ampliando estudios, a veces pagados por sus compañías, para ascender en ellas; o están preparándose para otro trabajo; o simplemente quieren ensanchar su " horizonte mental". El profesorado de plantilla sólo puede dar un curso extra durante el año escolar y dos durante el verano.

Esto significa que el resto de los cursos de noche y de verano tienen que ser dados por adjuntos transeúntes. No hay que decir que el número de transeúntes es mayor que el del profesorado fijo.

            Paralelo al profesorado, se halla el Cuerpo administrativo de la universidad, con su formación profesional y su sindicato diferente del de los profesores. En una universidad con 250 profesores, hay alrededor de 60 administradores.

Estos son profesionales, que no hay que confundir con la legión de secretarias, contables, cocineros, libreros, reparadores y guardias de seguridad. Sólo en la biblioteca, hay unos 25 especialistas trabajando por turnos, uno para los préstamos de libros, otro para las devoluciones, otro para las revistas, otro para las películas y videos, otra para los discos, otro para el equipo, otra para los libros de referencia? Es el cuento de nunca acabar.

            Como esto se alarga demasiado, tengo que cortar aquí. Pero recalcando de nuevo el objeto de este artículo: en América existe una infinidad de servicios, generados por una demanda de ellos, que, a su vez, es una consecuencia del estilo de vida americano.

             (Adarve, número 298, 15 de octubre de 1988, páginas 3, 4, 5).



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