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PRIEGUENSES EN LA HISTORIA - Francisco Alcalá Ortiz: Impresiones de un prieguense en los Estados Unidos

15. LA SICOTERAPIA DE IZQUIERDAS

Valores y simbolismos.



© Francisco Alcalá Ortiz

 

            La sicoterapia de pacientes no hospitalizados no apareció como una especialidad médica independiente hasta el advenimiento del sicoanálisis a principios de este siglo. En América, esta nueva práctica no tardó en interesar a los ricos y a los famosos, que eran los únicos con tiempo y dinero para permitirse tan caro y largo tratamiento. Algunos hombres de letras también se sintieron atraídos por la nueva doctrina, como también pasó en Europa, debido quizá a la sutileza y simbolismo de sus conceptos.

            Durante los años cuarenta y los cincuenta el sicoanálisis no sólo se consideró chic, sino que, como otras bogas sicológicas en América, despertó un optimismo exagerado sobre sus posibilidades, esperándose de él mucho más de lo que el propio Freud había prometido. En realidad, el fundador prometía muy poco: sólo que aquellos que estuvieran dispuestos a trabajar largo y duro, primero recostados en el sofá, y luego por su propia cuenta, a lo largo de su vida, quizá pudieran comprender sus conflictos no resueltos desde la infancia y sepultados en el subconsciente, y, que, una vez comprometidos, quizá pudieran, si no resolverlos, al menos vivir en paz con ellos.

            En los últimos veinticinco años ha habido una floración de ideas y escuelas parecida a la ocurrida en entresiglos, aunque, debido a la mejora del nivel de vida y a los medios de comunicación, de mucho más volumen y de más repercusión en la masa de la población.

            Atendiéndonos sólo a los que practican legalmente y sancionados por alguna organización profesional, hoy día se cuentan más de doscientos cincuenta métodos terapéuticos, con un total de más de diez mil técnicas concretas. Por eso, una vez que la víctima ha sido abatida por el mal síquico, se encuentra con otro problema de tanta o mayor seriedad, que es decidir a qué clase de especialista va a consultar.

            El problema no es imaginario, ya que el diagnóstico y el remedio aplicado dependen en gran medida del especialista escogido. Si la enfermedad es grave, como sicosis paranoicas y maniacodepresivas, es evidente que lo más seguro es ir a un médico siquiatra que puede recetar medicinas y mandarlo a un sanatorio. Pero en caso de achaques leves o de simple personalidad fronteriza, que son los más frecuentes, es mucho más difícil escoger. ¿Va uno a un siquiatra o un sicólogo? ¿A terapia individual o de grupo? ¿A un experto varón o a una expertisa hembra? ¿A un paternalista o a un igualitario? ¿A un dogmático o a un ecléctico? ¿A un terapeuta de tendencia directiva, colaborativa o sugestiva? De hecho, se necesitaría otro especialista para decidir, y así sucesivamente.

            Algunas compañías de seguros cubren los tratamientos terapéuticos, otras no, y otras a medias, porque de hecho nadie está de acuerdo sobre sus efectos verdaderos. Incluso los mismos expertos reconocen que ningún método puede proclamarse más eficaz que otro, ya que gran parte de su virtud proviene del "placebo effect", es decir, de la creencia del paciente en el terapeuta y en su método. Cuando un método produce resultado, dicen, no se debe tanto al método empleado como a la personalidad del terapeuta y a la clase de relación y atmósfera que se crea entre él y el paciente.

            En todo caso, se han propuesto muchas clasificaciones de las diferentes escuelas sicoterapéuticas, aunque es difícil el mero llevar cuenta de las muchas que aparecen continuamente. Ateniéndome a los objetivos buscados en la práctica de la terapia, a mí me gusta dividirlas en tres grandes grupos: un inmenso centro predominante, ocupado por las llamadas sicologías del "yo" (ego o self), el cual, como todos los centros, se haya flanqueado por un ala derecha, considerable en número, y de un ala izquierda, puramente marginal. A continuación, describo brevemente a esta última.

            El ala izquierda terapéutica se propondría liberar al individuo del constreñimiento impuesto por el convencionalismo, la racionalización, la rutina y la burocracia; desarrollar aquellas dimensiones humanas que la vida moderna

ha sofocado, como el contacto con la naturaleza, la amistad, el amor, incluido el sexo, la espontaneidad y la autenticidad, la intuición, la sicodelia, la comunión espiritual y el éxtasis; y, finalmente, facilitar la expresión de lo que en el ser humano es irracional, infantil e impulsivo, lo cual no encuentra cauce apropiado en la sociedad actual.

            Sus adeptos y adictos, reclutados predominantemente entre gente joven tirando un poco a "hippies", hablan con el fervor de los apóstoles y la pasión de los románticos y de los muchos neorrománticos que les siguieron. Después de gozar de un apogeo televisivo y publicitario en los años sesenta, se evaporaron de la vida pública, pasando a la subconsciencia colectiva, y dejando de ser noticia excepto para las familias de los neófitos, las cuales tienen que sufrir la incomodidad y la vergüenza del estilo de vida de sus parientes cuando vienen de visita, si es que vienen.

            El que hoy día este movimiento constituya una minoría, tan ausente de la conciencia pública como los astrólogos o los discípulos de Satán, no dice nada en su favor o en su contra, ya que eso no es la primera vez que pasa en la historia, con ideas trascendentales y con ideas perecederas. Lo que sí constituye una real amenaza para esta minoritaria ala izquierda es el hecho de que son poquísimos los que perseveran en su seno, pasados los treinta años de edad, no sabiéndose exactamente qué es lo que sucede con ellos una vez sobrepasada esa edad fatídica. Y también el que la mayoría de los jóvenes actuales parecen estar mucho más preocupados con prepararse para un trabajo que les permita llevar una vida acomodada, y en pasar el tiempo que les queda libre escuchando "rock-and-roll", bebiendo cerveza o jugando con los "vídeos games". Y otras cosas que no hace falta mencionar.

            Para la minoría que, contra viento y marea, sigue su destino, el resto de los ciudadanos son enfermos mentales, a los que les falta alguna de aquellas cualidades que constituyen lo específicamente humano. Según ellos, la vida del hombre medio es una vida sin vivir, sombra de vida, cáscara sin meollo, vida mecánica, autómata. Tan previsible como una máquina de vender chicle. Sin el atrevimiento y el trance de la intuición, la sinceridad, los sentimientos, la expresión, la expansión y las experiencias nuevas e intensas, todos se reducen a piececitas de una máquina, descarriados en lo que buscan, las razones por las que lo buscan y los métodos como lo buscan. Y esto puede decirse no sólo de la mayoría que fracasa, sino también de la minoría que manda; no sólo de la mayoría que obedece, sino también de la minoría que manda; no sólo de los que imitan, sino también de los que innovan, ya que todos son marionetas movidas por los mismos hilos invisibles, insignificantes y rastreros. La humanidad ha claudicado y se ha prostituido.

            Para bien o para mal, esta corriente de pensamiento hoy día es marginal, y lo seguirá siendo en el futuro próximo. Algunos grupos feministas profesan las mismas creencias, a veces presentándolas como específicamente femeninas, sin darse cuenta de que muchos hombres han pensado y sentido lo mismo.

            (Adarve, número 310,  15 de abril de 1989, páginas 3 y 4).





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