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PRIEGUENSES EN LA HISTORIA - Francisco Alcalá Ortiz: Impresiones de un prieguense en los Estados Unidos

16. LA SICOTERAPIA DE CENTRO

Ideas y principios.



© Francisco Alcalá Ortiz

 

            Las terapias de centro, que son la gran mayoría y las oficiales, tratan de ser lo más eclécticas posible, evitando al mismo tiempo, todos los extremismos exclusivistas. Por eso, ni rechazan la búsqueda de la autenticidad y la felicidad tan recalcadas por la izquierda, ni la normativa y el ideal trascendente destacados por la derecha. Y por eso también se declaran neutras respecto de toda clase de valores.

            Los objetivos que dan sentido a la vida de cada individuo sólo pueden ser descubiertos o creados por el individuo mismo. En esta tarea la acción del sicoterapeuta sólo puede limitarse a asistir (to support). La religión, por ejemplo, considerada desde un punto de vista puramente sicológico, ni es buena ni mala. Si uno cree, y esta creencia le crea conflictos que entorpecen su buen funcionamiento sicológico, la religión es desaconsejable para ese cliente concreto. Si, por el contrario, otro cree y esta fe le mantiene en la lucha por la vida, mejor de lo que pudieran hacerlo otros recursos, la religión es recomendable para ese otro. Lo mismo puede decirse del trabajo, el matrimonio, la familia, la amistad, la vida social, etc. Nada es bueno ni malo en absoluto, sino sólo en relación con el uso que quiere hacerse de ello. El chocolate no es bueno ni malo en sí. Es bueno para comérselo y bebérselo, pero malo para hacer un puente. A fin de cuentas, todo se relativiza y funcionaliza. Lo importante es que cada uno pueda vivir sin conflictos internos con sus decisiones sobre fines y medios, y también que pueda vivir con los demás (y que los demás puedan vivir con él).

            Un libro basado en las ideas del profesor Powell, de la Universidad de Harvard, ilustra bien esta posición (W. Gladstone, Test Your Mental Health, 1978). Como criterios de salud mental se establecen la armonía interior (inter harmony) y la adaptabilidad al medio social (adaptabilily). Ambos conceptos hacen abstracción de todo contenido concreto (content free). Es decir, ninguno de ellos implica valores apriorísticos y absolutos, sino sólo los relativos a las circunstancias concretas de cada individuo. Ambos son, además, puramente funcionales, meras hipótesis de trabajo para el terapeuta y no deben entenderse como valores transferibles a otros dominios, como la moral y el derecho. Decir que uno puede considerarse sano porque vive en paz consigo mismo y se halla bien adaptado a su medio pueden muy bien no tenerse como valores desde otras perspectivas. Es probable que Al Capone viviera contento y adaptado, pero ni la policía ni el clero estaban muy conformes con ello. Por otro lado, tal vez alguien decida ser bueno o superior, lo cual podría acarrearle muchos desequilibrios mentales, y, desde el punto de vista de la terapia de centro, tendría que ser considerado como un enfermo.

            Cuando no se vive en paz consigo mismo, energías que se necesitan para funcionar productivamente en el mundo exterior se van en guerras internas. Ahora bien, gastar los recursos síquicos de este modo es lo mismo que no tenerlos, por eso, en ese estado de extenuación síquica las respuestas al medio no pueden ser ponderadas y adaptativas, sino sumarias e improvisadas, frágiles y rígidas al mismo tiempo.

            La adaptabilidad al medio no prejuzga lo que ese medio tiene que ser. Desde este ángulo de visión, todos son aceptables, o mejor dicho, son un simple dato que hay que tener en cuenta en la ecuación. Las ideas de lo que es normal y anormal varían en cada sociedad, y, dentro de cada sociedad, en cada grupo. Por eso no puede imponerse una definición de sano y enfermo que tenga validez universal. Normal es el que puede vivir dentro de un grupo social dado, compartir sinceramente sus valores, y también sentirse satisfecho al hacerlo. Si Buda o Atila vinieran a América, serían personas inadaptadas.

            Para que estos conceptos de salud y enfermedad mental sean científicos, además de ser axiológicamente neutros, tienen que ser operativos, es decir, definibles y medibles en términos prácticos. Para conseguir este objetivo se han escogido varias dimensiones sicológicas que sirven como indicadores. Estas son la vitalidad, el humor, el pensamiento, la acción, el control organizativo, los signos sicosomáticos y las relaciones interpersonales. Para cada una de estas dimensiones se han creado escalas que pretenden medirlas con precisión y, gracias a las cuales, cada sujeto puede situarse en el punto de un continuo que va de lo normal a lo sicopático. Una línea que uniera los puntos así obtenidos en cada una de las escalas nos daría el perfil clínico de cada sujeto.

            Las siete dimensiones sicológicas usadas como indicadores se consideran esenciales, pero es obvio que aquí no voy a extenderme en todas. Limitémonos, por tanto, a "control organizativo", una condición especialmente recalcada en la sicología americana cuando se la compara con la europea.

            El control organizativo se mide con una escala compuesta de veinte grados. Los cinco primeros grados se consideran normales, y algunos de sus indicios son: poderse concentrar en alguna tarea durante largos intervalos de tiempo sin sentirse desasosegado; poder trabajar cuando no se está inspirado o no se obtienen resultados inmediatos; proceder serenamente por etapas sucesivas, sin amontonarse; aprender y mejorar con la experiencia; ser flexible en hábitos y tácticas. Los grados seis y siete sólo pueden considerarse normales si se recurre a ellos ocasionalmente como medidas de emergencia: se trabaja mejor bajo presión, y, si ésta se intensifica demasiado, no hay inconveniente en salir del paso con una chapuza o una mentira. En los grados del ocho al trece ya apuntan modalidades de comportamiento algo neurótico, aunque pasajero todavía: aumenta la rigidez compulsiva en la conducta, como la imposibilidad de trabajar si los cuadros de la oficina no están derechos; las distracciones son frecuentes y la irritación es provocada por una insignificancia; se piensa en círculos, sin que las ideas desemboquen en soluciones nuevas. En los cuatro grados siguientes los síntomas anteriores se acentúan más, se hacen crónicos y se convierten como en una segunda naturaleza, o una personalidad neurótica. En los tres últimos grados se pierde por completo el control sobre uno mismo, que es lo que en esta dimensión se trata de medir, y se actúa a merced de los impulsos o de la sugestión. Es la hora de pedir auxilio. Si no se hace, se corre el peligro de caer en un colapso nervioso (nervous brealdown), de rajarse por las junturas y las coyunturas (to crack, coming apart at the seams), de derrumbarse hecho trizas (to fall apart, to go to pieces), de perder los estribos o

salirse de sus casillas (to loose my marbles), de írsele la cabeza (out of my mind). En una palabra, volverse majareta (to go crazy, berserk, cukoo, bananas).

            No todas las escuelas de centro se ciñen estrictamente a este esquema, pero todas coinciden en profesar la neutralidad, el relativismo y la operatividad.

            La sicología "pop" (popular) también se ha hecho eco de estas ideas de centro. En un consultorio de periódico, una experta llamada Ann Landers, describe así la salud mental, evocando algunas de las dimensiones antes citadas: "Salud mental, como salud física, es una condición dinámica y en cambio constante. No todos los días está uno en el mejor de los humores, pero la persona sana no experimenta cambios de humor extremos, siendo más bien estable y predecible. La persona sana tampoco pierde tiempo preocupándose demasiado de si cada pelo de su cabeza está en su sitio, si ha quedado bien con fulanito o zutanito, si lleva la ropa para la ocasión, o de si ha comido la sandía según las reglas de la etiqueta. Lo importante es importante, y lo secundario, secundario. La persona sana también acepta las limitaciones y defectos de los demás, no intentando corregirlos o criticarlos, sino viviendo y dejando vivir. Asimismo acepta las contingencias de la vida de un modo positivo, tratando de superarlas

y de superarse a sí mismo".

            (Adarve, número 313, 1 de junio de 1989, páginas 3 y 4).





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