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MEMORIAS DESORDENADAS - Historia de la Huerta Palacio

15. LA "ECHA", EL TROMPO, LAS BOLAS DE BARRO Y OTROS JUEGOS

Algunos juegos callejeros de la infancia en la segunda mitad del siglo XX.

 

 

© Enrique Alcalá Ortiz

 

 

 

         Todos ellos venían por olas, como llegaban las epidemias de sarampión, viruela, varicela, gripe, difteria y otras desgracias parecidas en una época en que la penicilina era un lujo reservado. A estos juegos les pasaba igual, eran una fiebre que no sé quien ponía de moda y de la noche a la mañana ya estabas jugando sin parar, de esta forma, unos venían y otros se iban. Muchas veces estabas deseando que volviera el que había desaparecido. Todos tenían sus épocas, como la siembra del trigo y la recogida la uva. Otro juego muy parecido al arriba indicado era la echa. Se jugaba indistintamente con tejos o con monedas. Cada jugador tenía dos monedas una más grande y otra más pequeña. Se usaban aún las alfonsinas, gruesas y de cobre, monedas de verdad, no la calderilla de ahora. El que era mano, tiraba una moneda unos pocos metros hacia adelante y a continuación lo hacía el segundo jugador. La segunda moneda, casi siempre más grande, se lanzaba con la intención de colocarla lo más cerca posible de las otras dos. El que más próximo se quedaba, era el ganador. Las opciones eran pues ganar las dos, una o ninguna. Como el juego anterior había que tener destreza y maña para que no salieras pelao después de muchas horas de juego.

         Con el trompo tenías que hacer un cierto desembolso, así como en el volantín para liarlo. Debías poseer unas monedas para adquirir estos juguetes de madera que traían una aguda punta de hierro, aunque los había igualmente de púa roma que eran menos guerreros. Podías jugar solo, aunque lo corriente era hacerlo acompañado y como siempre en competición. Dibujabas en el suelo un círculo donde se colocaban dos trompos viejos, correspondientes a cada uno de los jugadores. Mojabas con la boca la punta del volantín y lo liabas alrededor del trompo. Te enrollabas el sobrante en el puño hasta el tope, generalmente un platillo de cerveza machacado, y lanzabas con todas tus fuerzas el trompo sobre las alcuzas (los trompos ya estropeados.) El objetivo era pinchar la del contrario hasta partirla. Si tu lanzamiento había resultado fallido, podías coger el trompo bailando en la palma de la mano e intentar con él sacar del círculo el tuyo viejo para preservarlo de los golpes. Tantas horas jugaba, que el paso del volantín por mi dedo índice de la mano derecha, me provocaba una herida, causa que tuviera que pasarlo por el dedo corazón y tardase más en liarlo.   

         Las bolas de barro también se compraban. Eran de fabricación artesanal y distaban mucho de la perfección de las de hoy, fabricadas en cristal y en productos sintéticos. Estas virguerías empezaron a venderlas mucho más tarde y fue centelleo pletórico de generaciones posteriores las que disfrutaron su resplandeciente superficie y su pulimento de vitrina. Por unas monedas, te daban varias fabricadas en barro rojo. Nuestras madres, con un pedazo de tela vieja, nos hacían unas rudimentarias bolsitas de mercader para meter nuestros tesoros esféricos que se veían engordar o adelgazar por momentos, según te deparara la suerte. Estas bolsas eran una ayuda a los amplios bolsillos de nuestros pantalones que se mostraban llenos en toda su capacidad de los más variados objetos. Te dabas cuenta de su número, por las noches, cuando los vaciabas para colocar los pantalones sobre la silla. Entonces te sentías dueño de un baratillo de minorista. El juego más usado era el llamado por nosotros pares o nones. En el terreno hacías un pequeño agujero en forma de pera y en la parte que se une el cuello con la panza, se trazaba una pequeña línea que servía de límite. A una distancia de uno o dos metros, lanzabas al hoyo seis bolas, previamente colocadas en dos filas en tu palma de la mano. Las que entraban de la raya para abajo eran las que servían a la hora de contar si habían sido pares o nones. La emoción del juego estaba cuando se quedaban a lo largo  del cuello y para ver las que entraban definitivamente, ibas quitando una a una de la parte inferior. Había que tener nervios templados para que, al ir suprimiendo bolas, rodaran o no las que a uno les convenía para su apuesta.

         Otros juegos muy populares de poco gasto y fácil empleo eran el aro, el lápiz, el burro, la píngola y el hincote. Excepto el aro, todos los demás solían ser juegos de competición que requerían buena forma física y una habilidad diestra.





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