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17.23. FRANCISCO RUIZ SANTAELLA: EL LEONARDO DA VINCE PRIEGUENSE (1875-1950)

 




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PRIEGUENSES EN LA HISTORIA - Pedro Alcalá-Zamora Estremera. (1858-1912)

CARTA ABIERTA

Sobre Priego y prieguenses. Un prieguense instala por primera vez en Lucena una fábrica para la producción de energía eléctrica.

Por Pedro ALCALÁ-ZAMORA ESTREMERA

A Martín Alcalá-Zamora 

                    Antes de decidirme a tomar la pluma para escribir estas líneas, he vacilado. La identidad de nuestros apellidos denuncia vínculos de sangre y de la forma y del fondo de esta carta se deduce que nos unen, además, sólidos lazos de fraternal afecto. No se me oculta, por lo tanto, que alguien de intención torcida que acaso ardiera en un candil ?y Dios sabe si en el mundo hay gente de pensar bizco- puede hacerse la ilusión de que ver brotar, entre renglones, el humo que lanza el turíbulo de familia; pero sería donoso lance que yo, que diariamente escribo de los demás, no pudiese hablar de ti, sólo porque llevamos el mismo apellido.

                    Si hay imbéciles y malvados, existen, por fortuna, en mayor número, hombres de recto y honrado juicio, que me darán la votación ganada al arrojar sus sufragios en la balanza de la opinión pública. Requiero, pues, la pluma; censúreme quien a bien lo tenga; caiga sobre mí la responsabilidad de mi prosa, puesto que a solas con mis cuartillas la he concebido, y hazme blanco de tu enojo, si no te gusta ?que no te gustará- que te saque los trapos al sol. Yo, entre tanto, acallo mis escrúpulos y entro en materia.

                    Tuve la satisfacción de ver el júbilo de la ciudad de Lucena la noche de la inauguración de la luz eléctrica y no ha muchos días leí en El Lucentino el párrafo siguiente: ?Para ser justo, hay que reconocer ?dice- que el pueblo de Lucena aún no ha sabido darse cuenta de las ventajas que le trae el fausto suceso que se celebró en la tarde y noche del 2 de los corrientes; y decimos que no se ha formado cabal idea de la gran conquista que ha realizado, porque las manifestaciones que el vecindario ofrecía, si eran de satisfacción, no llegaban al límite del entusiasmo, que es el corresponde a innovación tan anhelada.?

                    Es decir: que las demostraciones de gozo que yo presencié le parecen insuficientes al estimado colega, en relación con las ventajas que tu obra procura a la ciudad. Mas como no soy el llamado a discutir la razón que tiene o deja de tener El Lucentino, en lo tocante a este punto, limítome a consignar su juicio, y paso a ocuparme en mis propias impresiones, por si de ellas resultase alguna enseñanza útil, que sacara a esta carta de los límites de una expansión cariñosa y poco apropiada, por ende, para darla a los vientos de la publicidad.

                    La asiduidad y la perseverancia en el trabajo, cuando llevan por brújula una inteligencia clara y por apoyo una voluntad firme, logran que el éxito corone las empresas y apartan los obstáculos que surgen en el camino o los rompen si no se desvían al primer empuje de su fuerza avasalladora. Pero la humanidad, como todo en el mundo, tiene al par que el anverso de las grandezas el reverso de las ruindades, y éstas, como el reptil, incapaces de erguirse, se arrastran tratando de morder los pies, cuyo paso intentan atajar. La idea nueva que resplandece tiene enemigos, que lo son de cuanto no crearon ellos; la personalidad que se levanta proyecta sombra, y la sombra de una personalidad es absolutamente intolerable para los que entre las sombras se agitan porque sus pobres cerebros se fundirían al calor de los rayos solares.

                    En este ambiente desdichado, que es el que suele envolver a los hombres de acción, se ha desarrollado la idea de dotar a Lucena de alumbrado eléctrico; y a las grandes dificultades que la empresa ofrecía, se han unido obstáculos de otro orden, creados por el reverso humano de que hablo más arriba: pero tú, firme en el propósito y de antemano convencido del éxito, como Galileo del movimiento de la Tierra, no te has dejado abatir por las contrariedades, y murmurando como aquel: eppur si muove, has proseguido tu camino, con la mirada fija en el horizonte, arrastrando impávido el escozor de las mordeduras y las furias del temporal.

                    Para contrarrestar a unas y a otras, Dios ha puesto cerca de ti manos que te presten apoyo, pechos generosos que alienten tu fe, aunque en honor de la verdad, aquélla no ha vacilado un instante. Y si mucho has sufrido, mucha también es la satisfacción que debes sentir ?en la cual tomo mi parte- al ver cómo la laboriosidad y la perseverancia, puestas al servicio de la inteligencia, dan cima a las empresas más arriesgadas, y cómo empleando las energías en el bien común se puede obtener el propio bien.

                    Achaque es de la humanidad, y por descontado tan antiguo como ella, formar el vacío en torno de las iniciativas beneficiosas, ya sean estas colosales, como la del inmortal Ligurio, ora se limiten al establecimiento de una industria; la ley del progreso, haciendo adelantar a pasos mucho más cortos que los que la generalidad le atribuye el decantado carro de la civilización, va debilitando en unos países este síntoma de atavismo y aniquilándose otros.

                    Los pueblos del norte con sus brumas, su sol tan pálido, que se parece a nuestra luna, y sus campos, menos ricos que los meridionales en perfumes y colores, piensan más y con mayor sosiego y entienden con facilidad las ventajas del progreso, que es algo así como la música de Wagner, que nosotros tardamos en comprenderla. Cuando vamos a oír misa, abrimos el corazón para que a él lleguen dulces, conmovedores, impregnados de la inefable voluptuosidad del sentimiento los raudales melódicos de Bellini, o para que sacudan nuestras fibras las alegres y brillantes notas de Chueca. Bajo un cielo siempre azul y un sol de fuego, habituada la vista a la deslumbradora riqueza de matices de nuestros campos y acostumbrados los pulmones a respirar los perfumes de nuestra flora, sentimos, pensamos; porque el pensamiento obedece a la impresión y tiene mucho de fantasía. Este ropaje poético es el que en nuestro país retrasa de manera tan lamentable la implantación y desenvolvimiento de los modernos adelantos en todos los órdenes, desde el agrícola al político; y digo ropaje, porque si desgarramos las gasas que lo componen, hallaremos la amalgama de miserias que determina la anemia nacional. Por eso es digno de loa todo el que se atreve a hacer un pinito sustrayéndose a la influencia del clima...

                    Pero volvamos en sí, que dijo el otro.

                    En una carta de Lucena, suscrita por el corresponsal de El Liberal, don Juan Otero, he leído la reseña del último acto de la inauguración de la luz eléctrica y lamento no haber asistido a él, aunque difícilmente hubiera hallado puesto, a no ser por mi cualidad de periodista.

                    Grata fue para mí, como ya he dicho, la impresión del primer acto: el voltear de las campanas, el alegre estallar de los cohetes, el rumor de la muchedumbre que se apiñaba a las puertas de la fábrica, el silencio que reinaba en el gran salón de máquinas, sólo interrumpido por las preces de los sacerdotes; los acordes de la Marcha Real, cuando, terminada la bendición, la luz se hizo; los vítores y aplausos resonaron entonces..., todo vive aún y permanecerá por largo tiempo grabado en mi corazón y en mi memoria con la fuerza que se graban las emociones fuertes y los espectáculos hermosos. Mas como también mi alma es capaz de sentir las impresiones dulces por mi cerebro cruzan a veces ideas sociológicas, que tienen por base la paz, el humanitarismo y la armonía entre las clases, hubiérame sido verte en el salón mencionado, presidiendo la mesa, en torno de la cual se sentaron todos, chicos y grandes, los obreros de tu fábrica. Todos sois ruedas necesarias para la marcha de ese complicado mecanismo; todos, cada uno moviéndose en su centro, habéis cooperado en la labor, y justo era que reunidos celebrarais el triunfo; ellos, los miembros que ejecutaron, presididos por ti, el alma que inspiró la obra. Porque cuerpo y alma sois tus obreros y tú, y juntos os halláis muy bien, como demuestra el siguiente párrafo, que transcribo de la citada carta:

                    ?Al aludir a las vivísimas cuanto espontáneas y cariñosas manifestaciones de que había sido objeto por todo el personal de la fábrica, el señor Alcalá-Zamora suplicó a todos le perdonasen si en cualquier momento de pasajera ofuscación había molestado a alguno de los presentes; nobles manifestaciones que provocaron ruidosas protestas de adhesión y sincero cariño, y por el rostro de algunos obreros resbalaron algunas lágrimas.

                    Quien sabe arrancar tales lágrimas dulcísimas, sabrá también enjugar otras amargas. No basta en la vida que el cerebro piense; es necesario, además, que el corazón sienta y que le inteligencia se ponga al servicio de aquél, cuando de aliviar males se trate. Así debe entenderlo el operario que, a la hora de los brindis, para concluir una composición alusiva a la lucha del proletariado, colocó la siguiente redondilla:

 

?Más tendría pronto fin

combate tan tremebundo,

si en cada taller del mundo

tuvieran un don Martín.?

 

                    Prosigue por la senda que has emprendido; conserva, como valioso premio, los versos de ese modesto obrero, mil veces más hermosos en su ingenuo desaliño que las filigranas de rutilante oda, esculpida a cincel, en que el arte y el ingenio suelen ahogar la espontaneidad del sentimiento, y perdona que sin pedirte la venia (seguramente me la habrías negado) te dedique estas líneas para expresar en ellas, con mi franqueza acostumbrada, la viva satisfacción que me ha producido ver concluida tu empresa  y la impresión gratísima que ha despertado en mi corazón el banquete ofrecido a tus operarios.

 (?Diario de Córdoba?, número 14362, 22 de febrero de 1899).





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