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07.11. CALCETINES VERDES DE INVIERNO. (Diario, 2008)

 




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desde el 1 de mayo 2007
PRIEGUENSES EN LA HISTORIA - Pedro Alcalá-Zamora Estremera. (1858-1912)

CHÁCHARA VERANIEGA

Sobre Priego y prieguenses. Encantador artículo de recuerdos de la infancia. No se lo pierda. Algo hermoso.

Pedro Alcalá-Zamora Estremera



A D. Carlos Valverde en Málaga o donde se halle. 

                    Saliste de Priego, huyendo del calor, y te marchaste a Málaga, donde probablemente disfrutarás de la temperatura del fríto.

                    Hiciste mal.

                    Para buscar fresco debiste encaminarte a Montefrío o a  Frescano, pueblos casi frigoríficos.

                    Reconozco, empero, que la vecindad de mar te hará más tolerables los calorosos días augustales; llamémoslos así en memoria del romano Augustus, con riesgo de que se indigne tu casticismo.

                    Convengo, también, en que hallarás más fresco esparcimiento entregándote al refrescante ejercicio, deporte o como te plazca decir, de la natación en las glaucas ondas del Mediterráneo, que en las tibias, si que también, escasas, aguas del Salado.

                    ¡El Salado! ¡Qué gratas remembranzas evoca este nombre, de tiempos que pasaron para no volver, como pasan todos, por supuesto, pues no hay noticia de que ningunos, desde la Creación acá, desanduvieran lo andado.

                    ¡Cuántos recuerdos trae a mi memoria de sucesos que no han de repetirse, y que si se repitieran no me parecerían lo mismo que entonces, despojados ya de encanto que les prestaran ojos infantiles y juicios de niño!

                    Todo es según el color del cristal con que se mira.

                    Aún no he olvidado los baños del  Loro, situados al pie de la rojiza vertiente de la Fuente María. El agua, calentada por los ardientes rayos de un sol de justicia o de verano andaluz, capaces de fundir las piedras, apenas se renovaba gracias a la penuria y parsimonia de la corriente. Su profundidad no pasaba de un metro, y sin embargo, mi estatura no me permitía hacer pie, circunstancia que a menudo me exponía a los ahogadillos con que, en broma, recompensaba mis travesuras el bueno del P. Zurita, del cual me defendía, cuando lograba acudir a tiempo, el excelente don José Torres, capellán de las Angustias.

                    ¡Cómo gozaba yo con aquellas batallas fluviales, y cuánto agradecía la protección que dispensaba el bondadoso don José, en cuyo pecho derramé más de una lágrima!

                    Todavía no se han borrado de mi mente las correrías por alamedas y cañaverales y las excursiones cerro arriba, que me procuraban un baño de sudor, algunos coscorrones y no pocos cardenales en el cuerpo ni escasas averías en la indumentaria...

                    Recordando aquella época con los mil detalles que forman su urdimbre, esmaltándola bellamente, minucias, nonadas en sí, mas para mí deliciosas, invade mi alma dulce melancolía, ¡lástima grande es que los sucesos me recuerden muchos nombres de personas queridas, unos, indiferentes, otros, la mayoría de los cuales ya no figuran en la lista de los vivos!

                    Mutatis mutandem, lo pasado viene a terminar prosaicamente en el hoy que se impone con su desconsoladora realidad; es una película cinematográfica que acaba mal; un preludio de Bach que concluye en tango flamenco.

                    Dejemos, pues, que el ayer yazca sumido en su eterno sueño de armónica poesía, y aceptemos el hoy de la película trepidante o del marcado tanto con la mayor frescura posible; que es la manera más práctica de tomar las cosas en verano.

                    Y en invierno también, porque tomarlas a pecho es agarrarse la existencia, de suyo poco azucarada.

                    Aunque es sabido que  

                            ...a nuestro parecer

                             cualquiera tiempo pasado

                             fue mejor. 

                    El presente, mezclado con una prudente dosis de filosofía barata, puede hacerse muy tolerable, como el verano en sitio fresco.

                    El verano es la estación de la alegría: Muéstrase el cielo sin nubes que pisen su serena hermosura, y si alguna aparece es para embellecerlo; verdes los campos, tranquilo el mar, animadas las calles, tan pronto como el sol declina.

                    Las aceras de los cafés se pueblan de veladores, en torno de los cuales fórmanse agradables tertulias, y los paseos de gente que busca aire fresco. Desaparecen los obscuros, molestos y antiestéticos abrigos, y los substituyen ropas ligeras, que con sus tonos claros salpican de vistosas notas policromas la muchedumbre y realzan los encantos femeniles.

                    Calor es vida. En el estío, la sangre adquiere nuevas energías, actívase el cerebro, el corazón se torna más impresionable y las bellas imágenes que hieren la retina hacen más intenso que en invierno el placer de vivir.

                    Acuden los bañistas a las playas. Verdad es que la mayoría, casi la totalidad, no tienen más fe en la hidroterapia que en las virtudes taumatúrgicas de la cuerda de ahorcado, ni buscan en la onda pérfida la mejoría de su salud, que suele ser inmejorable; pero los baños sirven para mil cosa ajenas a la terapéutica e infinitamente más agradables.

                    Ante todo, sirven para emplear horas que, sin el balneario, serían muy aburridas.

                    Sirven también para exhibir vaporosas y elegantes toilettes de batista, foulard o zephir.

                    Para charlar un rato con amigos y amigas, son insustituibles.

                    Y sobre todo, para rendir culto a la galantería, porque el verano es por excelencia la estación consagrada al flirt.

                    ¡Cuántas niñas casaderas van al mar con la esperanza de pescar el marido soñado o cuando menos un novio con vistas a la Vicaría!

                    ¡Cuántos zánganos se afanan tendiendo redes para enredar una dote!

                     ¡Cuántos amores, más o menos lícitos y auténticos, a veces creídos por los propios parientes, y mentidos otras, se han incubado en las playas veraniegas!

                    La eterna comedia del amor, drama en ocasiones y tragedia de cuando en cuando, tiene en estío más adecuado escenario que en invierno y medio más propicio para desarrollarse.

                    Pronto comenzará la mutación escénica. Las brisas otoñales despojarán de sus hojas a los árboles y barrerán de las playas a los bañistas. La modesta clase media que veraneo a costa de penosos sacrificios, volverá a sus lares y a la lucha cotidiana con la temperatura fría, enemiga declarada de la poesía bucólica, de la bucólica poco nutritiva y de las ?toilettes? económicas.

                    Muchas doncellas que encomendaban a los afeites la absurda y marmórea blancura que ostentaban en enero, en octubre lucirán orgullosas la tez, naturalmente morena, tostada por los aires marinos, como diciendo: Admírame, vulgo; he veraneado.

                    Sin perjuicio de celebrar la fiesta de los Santos embadurnándose de nuevo el rostro como un payaso.

                    Soy partidario del verano, aún en los días en que la columna termométrica sube tanto, que obliga al simpático Juan Ocaña a requerir el terrible mosquete y a dispararlo contra el rubicundo Febo con su donaire habitual. Gozo todavía acudiendo al balneario a departir agradablemente sobre los mil asuntos estivales y a ejercitar mis aptitudes natatorias... que los años van depauperando, y con ver cómo disfrutan la chiquillería y la gente moza, pues, dicho sea de paso, rodeado de sesudos homes y entre personas sistemáticamente serias y acompasadas, de las que menosprecian las menudencias de la vida porque las juzgan indignas de su alta atención, me aburro soberanamente.

                    Un día de sol anima y vivifica; uno nublado, entristece.

                    El verano se acaba; apuramos con fruición la colilla.

                    Mahón, 21 agosto.

(?Diario de Córdoba?, número 17007, 26 de agosto de 1906).





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