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17.08. EFEMÉRIDES DE PRIEGO Y ALDEAS EN LA PRENSA CORDOBESA (1852-1952)

 




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Personas - Prieguenses

ANTONIO CABALLERO Y GÓNGORA. (1723-1796)

El virrey de Colombia y obispo de Córdoba.



 

A

ntonio Caballero y Gón­gora nace en Priego (Córdoba) el día 24 de mayo de 1723 en la calle San Luis en la casa que luego ocupó la fábrica de la viuda de Niceto Aguilera y la fábrica de som­breros, que parece que fueron una mis­ma casa, y fue bautizado dos días después en la entonces parroquial única de la Asunción, por el licenciado Am­brosio Carrillo Aguilera, cura párro­co de entonces y le impusieron los nombres de Antonio, Pascual de San Pedro Alcántara. Su padre Juan Ca­ballero y Espinar, había sido Regidor y Alcalde Ordinario de la Villa por el Estado Noble, para cuyos cargos se necesitaban las pruebas más rigurosas de antigua ejecutoria e hidalguía.

Los frailes de San Francisco, le iniciaron en los estudios de la Gramática y Humanidades.

El 25 de diciembre de 1728 reci­bió el sacramento de la confirma­ción junto con su hermano Ambrosio por el Ilustrísimo Señor Fray Dioni­sio de Villavicencio, Agustino, Obis­po de León de Nicaragua.

Después pasa a Granada residiendo primero en el monasterio de San Jerónimo y luego en el de San Bartolomé y Santiago y por último in­gresa por oposición en el Imperial Co­legio de Santa Catalina, siendo licen­ciado en Teología el 13 de junio de 1744.

El 15 de septiembre de 1750 es ordena­do presbítero y nombrado Capellán Real y en 1753 pasa de Canónigo a Córdoba por oposición en donde des­empeñó su cargo durante 22 años.

La estancia de Antonio Caba­llero como canónigo en Córdoba durante 22 años se caracteriza por su trabajo como sacerdote ejem­plar y como diplomático acompa­ñante a personajes ilustres que desfilan por Córdoba, pero en el año 1767 abandona todo lo que pue­da significar vida pública y se reti­ra al convento de San Felipe Neri, donde hace una vida apartada, de­dicada solamente al estudio y a la oración. La causa es la situación de controversia que en Córdoba produjo el decreto real expulsan­do a los jesuitas. La honda divi­sión entre los partidarios y los enemigos de esta disposición hace que se aparte de todos, refugiándose en el convento y abstrayéndose en el estudio. Poco dura esto.

En 1774 fue invitado a predicar en la Capilla Real con asistencia de los Re­yes y de toda la Corte, siendo su pala­bra tan maravillosa y elocuente que Carlos III se emociona y decide propo­nerle al Papa para el Episcopado sien­do preconizado Obispo de Yucatán y en el año 1776 consagrado Obispo en la Catedral de La Habana por el Obispo de Cuba, don Santiago José Echevarría, ocupando la Sede de Mérida.

El 19 de septiembre de 1777 es ascendido a Arzobispo y nombrado para la Sede de Santa Fe de Bogotá, en cuya Sede con su predicación incesante lle­va la luz de la Iglesia a nuevos hom­bres y amplia el dominio de su Rey.

En marzo de 1782, Carlos III le nom­bró Virrey de Nueva Granada, que comprendía un vasto territorio con unas producciones riquísimas (metales preciosos, perlas, magníficas maderas etc.) donde fue Virrey, Capitán General y Presidente dignificando estos cargos con su moral intachable, y fino tacto para los negocios de Estado y su pre­dicación constante. Fueron las misio­nes su gran preocupación y llevó capu­chinos, franciscanos y dominicos que llevaron a cabo una gran labor evan­gelizadora: Se ocupó especialmente también de la cultura del pueblo, ha­ciendo el proyecto de una magnífica Universidad, que envió a Madrid y creó numerosas escuelas.

Como su gran celo y preocupación eran las almas y especialmente la suya, pide al Rey volver a España y el 15 de septiembre de 1788, S. S. Pío VI despa­cha las bulas de su nombramiento de Arzobispo-Obispo de Córdoba, sede vacante por fallecimiento del titular Justa y Navarro.

Emprende su regreso a España, lle­gando a La Coruña en junio de 1789. Llega a Madrid donde es recibido cari­ñosamente por la Corte de Carlos IV va a continuación a Toledo a visitar al Metropolitano y entra triunfalmente en Córdoba en la tarde del 19 de di­ciembre de 1789.

Durante su pontificado cordobés realizó visita pastoral a toda la pro­vincia empezando por Priego y Lucena. Interesándose por los problemas reli­giosos de cada pueblo que atendía pa­ternalmente. También realizó obras en la catedral, colocando los dos púlpitos, barrocos, bellísimos que hay en el cru­cero. El 12 de febrero redacta una fa­mosa carta pastoral al clero y pueblo, con exhortaciones para prevenirles contra el espíritu de veneno de la re­volución francesa que hacia solapada propaganda.

En 1796, con ocasión de una visita Regia a Córdoba en la que Carlos IV y  María Luisa fueron atendidos por el venerable Obispo, estos ordenaron a su Ministro Godoy, se dirigiera al Papa solicitando para el venerable anciano Sr. Obispo un capelo cardena­licio, pero tres días después, el 24 de marzo de 1796, Jueves Santo, fallecía tan preclaro varón, gloria de Priego y honra de España siendo enterrado en el trascoro de la catedral.

 

 

 





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