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MEMORIAS DESORDENADAS - Historia de la Huerta Palacio

37. LA SEMANA SANTA DE MIS AÑOS INFANTILES

La Semana Santa vista por un niño



 

© Enrique Alcalá Ortiz

 

 

 

          Los niños se están convirtiendo en el alfa y omega de nuestra Semana Santa. La Semana Santa, una celebración adulta por excelencia, cada vez se está haciendo más infancia, más naturaleza niña. "Dejad que los niños se acerquen a mí y participen de mi presencia". Es una frase actual en estos días. La Pollinica, el Resucitado, numerosas bandas y muchas filas de cofrades se han visto llenas del mundo infantil y juvenil. Hasta incluso, hubo unos pocos años que se celebraron oficialmente procesiones infantiles, a las que se premiaban, y al quererse dirigir por los mayores, cayeron por su propio peso, pues se quiso hacer adulto lo que sólo era niño. No han desaparecido de nuestras calles, por suerte, en los días posteriores de la Semana Santa, las sencillas procesiones de chavales, con sus tronos de listones, con sus tambores hechos con las cajas de detergente, impregnados de los acontecimientos que acaban de desarrollarse ante sus finas sensibilidades. Tanto esto es así, que mientras estaba escribiendo estos folios me pasó una anécdota bastante significativa y que hizo detenerme a considerar el fuerte impacto en estas mentes inmaculadas. Os la cuento. Mi cuñado y yo estábamos trasladando, de la planta baja de su casa al primer piso, una cama mueble, mientras sus dos hijos, de seis y tres años, nos contemplaban como sudábamos lo nuestro, y veían como subíamos el pesado artefacto por las estrechas escaleras. Cargados con el peso, a mitad de nuestro camino, el chaval de tres años empezó a tocar la música de los tambores de las bandas de Semana Santa, mientras su voz, gritando, exclamaba: "Viva". Me quedé de piedra. No por el peso, sino por lo que estaba viendo y oyendo. ¿Qué analogías habrían pasado en unos escasos minutos por su mente infantil y de habla balbuciente para asociar peso, sudor, esfuerzo y fatiga con nuestras procesiones, y eso que era otoño y la Semana Santa a sus tres años le quedaba muy lejos en su tiempo y en su espacio? 

 

 

SOÑANDO CON LA CUARESMA

 

          La Semana Santa de mis años infantiles empezaba con un mal rato. Pues desde el Miércoles de Ceniza se acababan los rincoros que toda la juventud había hecho por las calles y plazas. Por unas pesetas, se compraban las bulas, que te permitían comer unos alimentos que las más de las veces no se podían comprar porque no había pesetas disponibles y el consumismo de hoy era un sueño de leyenda, lejano como las galaxias.

          Todo giraba alrededor del evento. Los espectáculos y los cines endurecían aún más la ya de por sí férrea censura y pasaban todo el repertorio de películas españolas sobre santos, apariciones de vírgenes y temas de la Pasión de Cristo. Llegada la semana grande, los altares se cubrían de paños y alfombras, simbología del luto y recogimiento que se debía guardar, y los alcaldes publicaban unos bandos en los que señalaban que los bares debían cerrar a las once y media de la noche y que los dueños eran los responsables de cualquier escándalo que se produjera, debiendo comunicar todo acto que desvirtuara la conmemoración dolorosa que se vivía. A partir de las dos de la tarde del jueves, quedaban prohibidos toda clase de espectáculos y atracciones, así como el uso de bocinas y la circulación de automóviles, salvo en caso de extrema necesidad. Incluso los animales, deberían permanecer en las casas y no salir al campo en estos días tan señalados.

          La Semana Santa de mis años infantiles se intuía cuando mi madre empezaba a hacer los numerosos preparativos que el evento requería. No pasaba igual con la feria. Instituida a mediados del siglo pasado, al ser una fiesta civil, el único recuerdo que me trae son aquellas alcancías de barro amarillo claro que iban recibiendo por unos meses las perrasgordas y las perraschicas que se escapaban a nuestros padres y familiares para finalmente darle un porrazo contra el suelo y coger las escasas monedas entre los cascotes de barro endurecido. Apenas duraban unas horas en el primer día de feria. Y ya está.

          La Semana Santa con una tradición de siglos era festividad muy distinta. Si algún año la economía había dado respiro en las necesidades más perentorias, se contrataba a un encalador para blanquear los gruesos y destartalados muros de la casa, interiores y exteriores. Esto era un hecho extraordinario. Aunque por regla general, las mujeres de la familia, con sus escobas de caña y palma, con sus largos y ennegrecidos vestidos, y con pañuelos de algodón en la cabeza, eran las encargadas de dar otra capa de cal sobre el revocado de yeso de los gruesos muros de tosco. Las conchas de cal de las paredes mostraban el grosor de las sucesivas semanas santas, igual que los troncos de los árboles muestran su edad en los concéntricos círculos de su espesor. El rito de la limpieza hogareña ponía su firma en las cenefas. Un arte lineal que zigzagueaba como una serpiente entre los muros y el suelo, y era la rúbrica con la que firmaban las mujeres su obra de arte limpiadora. Como normalmente no había cuartos de baño, normalmente pocos se lavaban el cuerpo entero, al que los toques de jabón y desodorante se consideraban un poco pecadores y muy progresistas, aparte de su precio prohibitivo por los años de la posguerra. Palangana y agua caliente, calentada en las ascuas de carbón vegetal, echada con un regador, hacían de cuarto de baño y ducha para lavar la más de las veces, brazos, pies y excepcionalmente alguna otra parte del cuerpo.





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