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11.32. EL MURALLÓN DE LA DESVERGUENZA

 




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desde el 1 de mayo 2007
MEMORIAS DESORDENADAS - Historia de la Huerta Palacio

40. MI CASA

Breves notas descriptivas de una pequeña casa de obreros.



© Enrique Alcalá Ortiz 

  E

n la otra acera de la calle estaba mi casa. Este lado empezaba con el ya nombrado corralón de Polonio, tratante de ganado caballar, asnal y mular. Dos casas más abajo, vivía otro ganadero, en este caso era un cabrero. Todos los días, a la misma hora, lo veías alejarse por la calle Belén, camino de los pocos pastos del término, acompañado de un perro juguetón e inquieto que iba de un lado para otro incesantemente sin parar, echando horas extras y con preocupación de empresario. Por lo diligente y solícito que marchaba, se tenía ganada su comida con creces. Muchos vecinos, también le llevaban sus cabras para que las sacara a carear al campo, y por las tardes, cuando volvía el cabrero pegando voces y llamando la atención para que no se separara del rebaño ningún animal, iban a recogerlas para ordeñarlas ellos mismos.

         Aunque no era frecuente, en el barrio vivían algunas parejas separadas. Entonces no existía el divorcio legal en nuestra legislación, por lo que los matrimonios mal avenidos que hacían vida de divorciados, no podían casarse de nuevo ni por lo civil ni por la iglesia, así que los que volvían a buscarse pareja vivían en la ilegalidad, según en Código Civil, y en el pecado, según el Derecho Canónico, no se tenía escapatoria. Por lo menos, un cincuenta por ciento de estas incongruencias ya no existen.

         Todo el resto de la calle era gente que vivía de sus manos, como jornaleros o diminutos aparceros, agricultores, barberos o empleados en industrias textiles. Dos casas antes de llegar a la mía, moraban Vicenta y Luis, caseros de La Ginesa, la casa de don Niceto. Y la casa tercera, empezando a contar por el final, era la mía, o mejor, la de mis padres. Tuvieron que hacer muchas economías para poder comprarla, y criar varios animales en la casa de la abuela y con su venta sacar unas pesetas, mejor unos reales, porque en total creo que les costó 2.500 reales. Para los que no sepan qué tipo de moneda es ésta, les diré que un real equivalía a la cuarta parte de una peseta, es decir, 25 céntimos. Así que, dividiendo por cuatro el importe, nos da un total de 625 pesetas, poco más de lo que vale una copa de güisqui hoy, sentado en una terraza.

         La fachada medía muy pocos metros. Además de la puerta de entrada, poseía una ventana que daba aire y ventilación a lo que yo llamo sala de múltiples, pues traspasando la puerta había una pequeña habitación que nos servía de sala de estar, comedor, sala de estudio, taller y mil variados usos. Teníamos una mesa recubierta de hule, que se convertía en mesa camilla en el invierno donde apenas cabíamos cuando nos juntábamos los diez de familia a comer. La fachada, además, tenía dos ventanucos, diminutos con bastas y rústicas puertas de madera, respiraderos de una de las habitaciones de arriba.

         Como resultado del último empedrado, el piso de la casa se quedó más alto que el nivel de la calle, por lo que para acceder a ella tenía dos escalones. Después del habitáculo de entrada, había un pequeño pasillo donde a la izquierda estaba el dormitorio de mis padres con espacio suficiente para una cama metálica, alta como un camello y resistente como un olivo, con colchón de grandes cuadros blancos y azules y rellenado de lana, acompañada de una hermosa cómoda con cinco cajones, guardianes de ropa y recuerdos. En esta cama hemos nacido casi todos los hermanos. No había aparecido la moda de dar a luz en los hospitales de la comarca o de la capital, sencillamente porque no existían. El día del parto acudía la matrona, y ella era la encargada de coadyuvar a dar a luz, ayudada con poco más que sus manos y una olla de agua caliente. Todavía quedaba espacio suficiente en el dormitorio para una gran cuna‑cama metálica con unas hermosas bolas brillantes como luces encendidas. En esta cuna, nos hemos criado los ocho hermanos, y allí teníamos cobijo y descanso hasta que llegaba el siguiente o ya por estar demasiados crecidos nos daban largas.

         En esta cuna, me había de pasar una de las desgracias más señaladas de mi infancia. Para el día de Reyes, mis hermanas mayores me preparaban un canastillo de cartón, tan grande como una mano extendida. Le cosían un asa y después con gachuela hecha con harina, le pegaban unos papeles de diferentes colores, que rizaban con las tijeras para que hiciera bonito. De las Pascuas, se había guardado celosamente un rosco, un mostacho y un polvorón que metían dentro y el regalo se completaba con alguna chuchería de dulce. Viviendo en la cuna, me desperté y en uno de los varales vi colgado mi canastillo tradicional y como complemento una pequeña trompeta metálica, tan grande como un lápiz sin empezar. Desde la habitación de arriba, mis hermanas empezaron a gritar: "Toca", "toca". Puesto de rodillas en la cuna, emulaba las hazañas de los "Bacalaos" de Semana Santa: "Tararíííí'", "tararááá". Y ellas, una vez y otra: "Toca", "toca", repetían sin cesar, y en una de mis tocadas exultantes de alegría, la boquilla de la trompeta se rompió y dio como finalizadas todas las pitadas musicales de su corta existencia. Las piedras de la calle eran más blandas que yo en aquel momento. Antes de levantarme, me había quedado sin juguete, eso no era justo. A pesar de los intentos de mi padre por arreglarlo, no tuvo remedio y se quedó entero de cuerpo pero sin voz. En nuestras procesiones infantiles era un adorno mudo, un lucimiento callado. El tararí tarará todavía lo oigo en las noches de Reyes entrar por la puerta de mi ventana, a pesar de frío de la madrugada, pues como alma en pena no encontrará perdón a su pecado involuntario.

          El dormitorio se completaba con un hueco de escalera, lleno de cestas de mimbre, generalmente con ropa. En la otra parte del pasillo, había una pequeña alacena con dos puertas de filigrana morisca donde unas tablas a modo de estantería, sostenían algún juego de café, una bombonera, vasos y variados cacharros. Uno de ellos, servía de archivo para facturas y demás papelotes. Muchas veces, para hacerla más linda, en las tablas le pegaban con gachuela unas tiras de papel que se compraban por metros en las tiendas. El día que se encalaba por dentro, y se ponían nuevos los adornos de papel con sus dibujos de colores, recobraba su clara luminosidad y creaba bosquejo de bodegón cada vez que se abrían sus puertas.

         Al lado, había un poyo revestido con un lujo de losa granate, con dos anafes donde se cocinaba. Aunque más tarde serviría de cocina una pequeña habitación que había después de la rústica puerta del patio, toda llena de bártulos, chirimbolos, chismes viejos y sacos de picón. La construcción del patio se completaba con una pequeña "cochinera", siempre con un habitante de cualquier especie ovina, "cochina" o caprina.

          El pequeño patio era lo mejor de la casa y lo que más se disfrutaba. Tenía dos partes bien diferenciadas, la primera estaba empedrada y cubierta de parras que daban uvas moscateles y negras, deliciosas siempre y con una fuente hecha de obra con su correspondiente piedra para lavar. Al lado estaba el retrete, con espacio suficiente para una persona, que en cuclillas tenía que realizar ejercicio de tiro y conseguir diana, mientras daba de cuerpo. El resto del patio hacía de huerto, de incipiente jardín y de estercolero. Lo más sobresaliente era un enorme ciruelo de enanos pero abundantes frutos. Este árbol nos acompañó toda la infancia y era como uno más de la familia. Cada verano que como ciruelas iguales, me acuerdo de su tronco, de sus ramas, de sus blancas flores, de su prestancia, de sus frutos picoteados por los pájaros, de las gotas de brea que rezumaba su tronco y con las que hacía pequeñas pelotas, de las hormigas que subían y bajaban, y del encalo que se le daba para matarle los insectos.

         Ésta era la planta baja. Justo enfrente de la alacena, había una puerta que daba acceso a unas estrechas escaleras con peldaños de yeso y remates de palos de madera, gastados por el uso de tantos pies. Un descansillo daba paso a dos direcciones, la de la derecha, al patio y tenía una habitación con una cama para mis dos hermanas mayores y se continuaba con un pequeño trastero, y la de la izquierda, daba a la calle donde había dos camas para descanso de los varones. Además había algo sobresaliente e inaudito en aquellos tiempos. En un hueco, se habían colocado unas tablas y confeccionado una librería donde habría unos trescientos o cuatrocientos libros, todos propiedad de mi hermano mayor que estudiaba en el seminario. Un tesoro inaudito. Aparte de los libros de texto, existían muchos de literatura española amarillos como hojas secas y viejos como el castillo, que había conseguido mi hermano como pago de unas clases dadas en el verano. Ha sido la paga más productiva que conozco, porque cuando aprendí a leer me los fui leyendo uno a uno, algunos dos veces, y con su lectura, aparte de la afición a leer que corroe mis entrañas, me nació mi amor a la poesía y a la literatura en general. En mi escritorio todavía guardo un buen número de ellos, y cuando hago limpieza y hueco, desaparecen en la habitación de la azotea otros títulos, pero ellos siguen delante de mis ojos como pago agradecido a los placeres que me han proporcionado.

         El piso de la planta baja era de cemento, casi un pequeño lujo en un barrio donde la mayoría de las casas estaban empedradas, mientras que el del primer piso lo tenía de yeso. Los techos eran con vigas vistas, construcción normal en la época, y los de la parte de arriba inclinados a dos aguas.

         En esta casa, número 29 de la calle Molinos, nací yo un domingo, 18 de enero de 1942.

 





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