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MEMORIAS DESORDENADAS - Historia de la Huerta Palacio

50. LA TIERRA MORTAL

Anécdota de la represión sexual impuesta por la doctrina de la iglesia católica.



© Enrique Alcalá Ortiz 

  A

quella tarde no íbamos a la escuela. A su hora, subíamos a San Francisco y hacíamos cola de penitentes ante el confesionario instalado delante del altar del Orden Tercero. Permanecíamos de pie o sentados en bancos, e íbamos avanzando conforme los primeros acababan su cometido. Cuando alguien quería adelantarse, se formaba un alboroto profano dentro de la iglesia y el confesor tenía que salir para que nuestra compostura descompuesta fuera pareja y respetuosa con el silencio y recogimiento requeridos en el templo. Cuando te iba llegando turno, te ponías de rodillas, esperando, con las manos en la frente, y hacías balance de tus fechorías.

         Si eras crecido, había que ponerse de rodillas durante la confesión, y si no permanecías de pie. Donángel te engullía con sus brazos, y desde lejos se contemplaban penitente y confesor religiosamente juntos, mientras las manos compasivas de éste hacían tambor con las espaldas del penitente.

         Todas las confesiones tenían sexo y vocación. Es decir, invariablemente se hablaba de las masturbaciones llevadas a cabo y de tus ganas para irte al seminario San Pelagio de Córdoba. De importancia, creo que no había más. La pregunta invariable era: "¿Cuántas veces te has tocado la tierra mortal?" La primera vez que me la hizo, mi mente empezó a conjeturar qué podía ser aquello de la "tierra mortal". Mis adivinanzas se hicieron pronto exactitudes, cuando lo impreciso del término fue tomando cuerpo en mi cuerpo conforme fui creciendo. ¡Descubrí que la tierra mortal era la picha! "¿Cuántas veces te has tocado la tierra mortal?" Para mear todas las veces que tengo ganas, me digo ahora, porque si no es imposible, y cuando se es adolescente, quien es el macho que lleva las cuentas de los toques que te hacías en un mes. No sé si otros las contabilizaban, yo al menos no lo hacía. Había que tener morbosidad de sádico para ir contando la exacerbación de tus fogosidades. La pregunta se hizo obsesiva y machacona durante todos los años que estuvimos los mozos bajo su proyección y, por lo tanto, se nos quedó clavada en el limo de nuestro ensueño fantasmagórico, por eso cuando los de mi generación recordamos aquellos tiempos, siempre hacemos bromas y nos preguntamos, "¿Cuántas veces te has tocado la tierra mortal?" El término tierra mortal no sé si era genérico en Andalucía, o por el contrario es una expresión autóctona o inventada por él. Lo de tierra como metáfora imaginada no le encuentro su término real, lo de mortal, con los años cada vez se está haciendo más patente.

         Después te caía la penitencia, normalmente unos pocos padrenuestros y avemarías que rezabas delante de Jesús Nazareno, y ya limpio, te marchabas a casa y tenías la obligación de no tomar nada desde la doce de la noche hasta después de la comunión que se celebraba al día siguiente durante la misa que se oficiaba en la misma iglesia de San Francisco. Los bancos de los tarcisios ahuecaban sus maderas de pino para sostener a tantos chiquillos aquel día, aseados, no bañados, expresamente para recibir al Señor. Cuando se acercaba el momento de la comunión cantábamos aquello que dice: 

                    Vamos, niños, al Sagrario,

                    que Jesús llorando está,

                    pero habiendo tantos niños

                    muy contento se pondrá. 

         Después, a nuestras casas a comer porque tanto tiempo sin recibir alimento material cuando se está creciendo era causa de mareos y desazones. Por la tarde, no había escuela, porque seguramente aplicaban el principio de que "al final de la jornada/ aquél que se salva sabe/ y el que no, no sabe nada". A nosotros, nos venía de perilla su aplicación de forma tan generosa.





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