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MEMORIAS DESORDENADAS - Historia de la Huerta Palacio

51. CURA "ARREPENTÍO"

Poco faltó para que me hiciera cura como muchos de chicos de mi edad.

 


 

© Enrique Alcalá Ortiz 

  C

omo hemos dicho, el otro tema de su empeño eran las vocaciones. La captación de los chicos más inteligentes de la  clase para convencerlos y llevárselos al seminario, fue su línea de vida donde halló equilibrio su catolicidad de acción. Aquí, su obcecación se hacía apasionada y ponía espartillos y atenciones hasta que el pájaro caía en sus redes. En la escuela, en el confesionario, en la calle si te veía, con tus padres a los que convencía de tus valores y aptitudes. Después de este acoso, cientos de escolares tuvieron que decirle "Sí, padre", y ya en su círculo, empezabas a prepararte para hacer el ingreso en el seminario. Después de la escuela, teníamos que ir a sus clases. Había que hacer análisis gramatical, cuentas y problemas, y aprenderse toda la historia sagrada, amén del catecismo del padre Ripalda, con preguntas y respuestas. Todo de pe a pa sin desperdicio ninguno. Por la tarde, deberíamos ir a San Juan de Dios a rezar el rosario, y en vez de una comunión al mes, se debería comulgar todos los días, así como asistir a misa. De esta forma, se empezaba a ser santo. Como no tenía la edad, el primer verano no me presenté a ingreso, por lo que seguí asistiendo a las clases que nos daba un seminarista de vacaciones y a la sabatina de la una donde acudían seminarista y aspirantes, para hacer meditación y rezo. La súplica repetida era "Señor, dadnos muchos y santos sacerdotes". Después de tanto repetir esto, me estaba dando cuenta de que yo no servía para sacerdote y mucho menos para santo, así que mi incipiente vocación, se fue enfriando y mi asistencia a clases y rezos se iba haciendo testimonial, hasta que un día con valor y coraje le dije a mis padres, y luego a él, que no quería ser cura, que aquello no era lo mío, ya cuando casi me estaban preparando las cosas para irme a Córdoba a estudiar.

         Conmigo no lo consiguió, pero sí lo hizo con cientos de chavales, que gracias a él, al menos, hicieron estudios de bachiller y cuando se arrepentían de mayores, tenían una formación que de otra manera les hubiese sido imposible adquirir, porque todos los que captaba eran hijos del pueblo, entendiendo con esto a aquellas familias con escasos recursos económicos. Para obtener becas y pagar la estancia de tantos seminaristas, conseguía de las familias pudientes los recursos necesarios y los hacía padrinos de algún estudiante, y éstos le pagaban los gastos hasta su ordenación. Fueron muchos los que recibieron las órdenes mayores y cantaron misa. En la provincia éramos los segundos después de Córdoba, y Donángel se convirtió en la sede episcopal en un mito idolatrado, su obra traspasaba los límites de lo ordinario y tomaba ribetes de odisea.





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