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CULTURA
Don Niceto Alcalá-Zamora


LAS CALLES DE UN PRESIDENTE. (Por Paulino Baena Díaz. "Adarve", número 778, 1 de noviembre de 2008).
06-11-2008

 Avenida de Niceto Alcalá Zamora
Avenida de Niceto Alcalá Zamora

          Don Niceto "volvió" a Madrid. Lo hizo ya hace algún tiempo, hacia el año 2000. Regresó de una manera discreta, como había vivido sus últimos años en Buenos Aires. Vino a insta­larse en un nuevo barrio, al norte de la ca­pital, en una amplia avenida de cuatro carriles en cada dirección, separados por una media­na de unos cinco metros, flanqueada de arbustos y de jóvenes y frágiles árboles, por donde transitan peatones, los menos, y tal vez pasean­tes en bicicleta que para eso está prevista.

Tiene la avenida, de unos dos kilómetros de longitud, modernos edificios de viviendas. Una zona tranquila con el aire de lo nuevo. Todo parece recién estrenado. Estamos en uno de los Pau (Programa de Actuación Urba­nística) que se extienden en las márgenes del a carretera de Burgos. Éste, llamado de San­chinarro, se sitúa a la derecha de la A1. El dato oficial dice que allí se han construido casi 13.600 viviendas y que las habitan unas cuarenta mil personas.           La vía principal de este nuevo barrio madrileño es la avenida de Niceto Alcalá-Zamora.

El primer presidente de la Segunda Repú­blica había abandonado el callejero madri­leño al término de la contienda civil. Entre los años 31 y 39 del siglo pasado, el ilustre prieguense "ocupó" la vía que une la plaza de la Independencia, donde se sitúa la Puerta de Alcalá, con la estación de Atocha, cuya acera izquierda discurre junto a la verja del parque del Retiro. Pero la primera corpora­ción municipal capitalina tras la guerra, comenzó la restauración monárquica por el callejero y, así, devolvió a ésta a su denomi­nación de Alfonso XII, nomenclátor anterior al advenimiento de la República.

Es la calle Alfonso XII, sin duda, una vía prin­cipal, cuya única línea de edificios, en su acera derecha, disfruta de la vista del Retiro, dorado de otoño en estos días, y de la luz de la mañana, las casas miran al amanecer. Es una zona elegante, quizás la más distinguida de Madrid, cuya parroquia no es otra que la iglesia de Los Jerónimos. Pero el nuevo emplazamiento de don Niceto en el callejero madrileño goza de otras ven­tajas. El aire limpio del norte de la ciudad, la zona menos contaminada por mor de los vientos dominantes que arrastran hacia el suroeste todo lo que no gusta respirar. Y la tranquilidad de una zona residencial, sin apenas tráfico. Un lugar de destino, no de paso, con grandes espacios abiertos, donde las edificaciones se yerguen aisladas mos­trando sus cuatro caras.

Don Niceto se sentiría a gusto en esta avenida. Podría pasear por su mediana o por sus amplias aceras, como salido de la bruma bonaerense que se lo tragó hace casi sesenta años. y podría preguntar, curado ya de toda vanidad, a los viandantes por la identidad del personaje a quien da nombre la calle. Encontrando -casi seguro-la misma respuesta que dan a este corresponsal, tres muchachos de unos catorce años: "Es el nombre de la calle". Sí, ¿pero quién era Niceto Alcalá-Zamora? "iAh, ni idea!" A Don Niceto habría que explicarle donde está la avenida. Alejada del centro de la ciudad donde transcurrió su vida oficial y particular hasta julio de 1936, cuando en viaje de placer salió de Madrid, en compañía de su familia, para visitar Escandinavia. Y allí estaba cuando estalló la guerra. Ya no volvería a pisar suelo patrio. En estos días, ha visto la luz un libro de Jorge Fernández-Coppel sobre Queipo de llano, con­suegro de Alcalá-Zamora. El autor ha buceado en los papeles del general, cedidos por su hijo Gonzalo, para reescribir las memorias de uno de los protagonistas militares de la Guerra Civil. Cuenta Fernández Coppel que Queipo de Llano animó a su consuegro a salir de España porque se estaba preparando un levanta­miento militar. Pero al general le costó mucho trabajo convencer a un Alcalá-Zamora ya des­poseído de su cargo de presidente de la Repú­blica, de la realidad. Cuando Queipo le dijo que él mismo sería uno de los sublevados, don Niceto respondió: "Bueno si es así, sólo le advierto que no sea el primero, porque lo más probable es que lo dejen solo". ¿Sería por esto que el estallido bélico sor­prende a don Niceto con toda su familia en los países nórdicos?

Fuera como fuese, se desencadenó la lucha fraticida y Alcalá-Zamora no regresaría jamás a España de la que sufriría nostalgia durante trece largos años de exilio hasta su desapari­ción. Su recuerdo se fue debilitando ignorado por sus afectos, si es que los tuvo, y desacredi­tado por sus desafectos que tampoco gas­taron demasiadas energías en el empeño. Durante el franquismo, el desconocimiento del personaje y de su peripecia vital fue tal que cuando fallece en Buenos Aires, en febrero de 1949, el embajador español en Argentina envió un telegrama de pésame a la viuda que nunca tuvo. Su mujer, Pura Castillo de Bidaburu, había fallecido en Francia ¡nueve años antes!

Fue sólo después de 1975, tras la muerte de Franco, cuando los aires de la Democracia comenzaron a desempolvar la figura de don Niceto. La luz, aunque tímidamente, iluminó su memoria, lo que, entre otros desagravios, se tradujo en la vuelta al callejero de nuestros pueblos y ciudades. Así, no solo Madrid capi­tal y su Priego natal -como conocen bien los lectores de ADARVE-tienen calles dedicadas a nuestro ilustre paisano. En la misma provin­cia de córdoba encontramos vías con su nombre en la capital y en Cabra. En la Comu­nidad de Madrid, en Alcalá de Henares y Leganés. En tierras sevillanas, en Alcalá de Guadaira. En la provincia de Granada, en Motril y en la de Alicante, en la localidad de Ibi. Y habrá algunas más que se escapan al cronista. Ahora sólo falta que los jóvenes que caminan por sus aceras terminen sabiendo que Niceto Alcalá-Zamora es algo más que el nombre de la calle por la que transitan.


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