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OPINIÓN
Memorias


LA ÚLTIMA NAVIDAD. (Luis Mendoza Pantión. "Córdoba").
09-01-2010

Luis Mendoza Pantión. (Enrique Alcalá)
Luis Mendoza Pantión. (Enrique Alcalá)

              El recuerdo más entrañable de aquellos años en Priego, de aquellos días especiales de vacaciones en que no teníamos que ir a la escuela y podíamos permanecer en la cama hasta bien entrado el día, es el de los silencios. El frío, con sus filos cortantes, paraba las gargantas y elevaba los cuellos a las pellizas. Igual que ahora, siempre he tenido mal dormir. Despertaba muy temprano y las temperaturas de aquellos tiempos me mantenían a raya entre los cobertores. Era la época de los braseros de picón en unas casas grandes y húmedas con escaleras y ventanas de madera, que encajaban mal por la humedad. Encogido y despierto antes que ninguno de la casa, el silencio expectante bullía en mis oídos como una cascada de espuma. Un silencio sin mancha, absoluto, en el que llegaba a escuchar hasta el sonido de los sueños. Por mi frente o por dentro de los ojos, cruzaban escenas o imágenes imposibles porque nunca fueron o porque nunca llegarían a ser. Entonces, cuando únicamente el corazón y aún de noche, sonaba la puerta del lechero, al final de la calle Ramírez. Era el primero en levantarse, antes incluso que sus cabras. A continuación y siempre, los breves comentarios con su madre para que no olvidara el atillo y se abrigara bien el cuello. El trasegar de las cabras por el portal empedrado hasta la calle y, si acaso, una esquila, un balido, que aquel muchacho, Rafael, "Rafaliqui", trataba de cortar con un particular y difícil chasquido de la lengua.

Desde entonces, desde Priego, no he sido dueño de mis silencios, porque no los hay por el artificio de las exigencias, de las obligaciones; por estas fechas, envueltas en regalos, mostachos o exquisiteces, glamour o villancicos. También ahora la cama, sin aquellos silencios, puede ser el reducto para los que tenemos más suerte; la cabina y el cobertizo para muchos que no encontraron o equivocaron sus caminos. Vino malo o burbujas, marías o rayas, como si fuese el último día, para conseguir un descanso o para celebrar la forma de ahuyentar los miedos. Buena evocación o buen invento este de la Navidad para encontrar consuelo en un universo de soledades. Sonrisas, voces, amores y lágrimas: siempre entre gritos en una búsqueda incesante. Seres inteligentes y únicos que jamás encontramos a través de las épocas y por muy largas que nuestras vidas vayan siendo. Son días en los que nos cubrimos con artificios de amor y sonrisas, porque sabemos que sólo la entrega puede alegrar el alma. El amor de los grandes y la sonrisa de los humildes para mirar a las montañas, a la Tiñosa, festoneando el cielo, clavando o tratando de horadar, tal vez en la Verdad, tal vez en el vacío, sus puntas blancas, que, ya de adultos, alguna vez hollamos para volver a las rutinas con el pecho repleto y el corazón satisfecho por el esfuerzo. Porque llegar allí cuando llegamos, traernos el recuerdo, es lo más cerca que jamás estuvimos de aquellos años en que vivimos confiados, en que alguien, con unos fríos tan nuestros, tan de Priego, nos cubría las orejas y nos besaba la frente para desearnos las buenas noches, los felices sueños, una vida dichosa. Llenar plenamente nuestros corazones, calmar nuestra curiosidad, con un amor tan único y excepcional como inútil. Porque nuestros eran los sueños y ya se sabe... Ya sabemos.

Hoy vuelvo a Priego, a mi pueblo, cuando lo he visto todo y porque todo es muy poco; porque nunca estamos satisfechos y la fe sólo es un privilegio o un camastro para esperar la muerte. Vuelvo buscando sus sierras, su paisaje, aquellas voces conocidas y entrañables, protectoras... Vuelvo para encontrar, aunque solo me dure unos instantes, aquel silencio de los amaneceres cuando todo podía ser mío con una esperanza de colores.

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